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Reflejos condicionados


18-05-2009, Jorge Olivera Castillo

Cubamatinal/ SDP/ No hay trucaje en las imágenes. Es real la muchedumbre que alza las pancartas y profiere, a grito limpio, su aprobación a todos los postulados que el partido provee como parte de la dramaturgia del poder. Sobre esas vistosas movilizaciones flota la legitimidad de una élite política que posa como proletaria para las cámaras y en la intimidad se zambulle en las más cristalinas aguas de la burguesía.

Pudiera parecer contradictorio, pero es una adaptación criolla del marxismo, una forma de supervivencia con una grado de optimización sin una veta de sombras.
Los espectadores del mundo entero, tienen delante de sus ojos las credenciales de la unanimidad, la prueba documental que explica el fenómeno de la “espontaneidad” y el arrojo popular a favor de otro medio siglo de socialismo real en Cuba.

La multitud asume su rol en un pacto de conveniencia. Los miedos son las poleas de la maquinaria que produce las frases de apoyo, los gestos hechos a la medida del momento, la inspiración para encontrar el mejor emblema de corte nacionalista y el pronunciamiento más grotesco e hiriente contra el clásico enemigo externo.
A pesar de todo el entramado de compulsiones que envuelven a esas gigantescas representaciones, es complicado explicar y convencer de que ese mar de pueblo está ahí por un tumulto de causas imperiosas.

Estos rituales mediáticos sirven para aumentar el grosor de la confusión respecto a Cuba. A algunos esto les sirve para desacreditar la afirmación que le atribuye al proceso revolucionario unos holgados márgenes de desaprobación. Otros prefieren sumarse pasivamente a ese punto de vista distanciándose de un asunto que pasa del análisis político al examen de un psicólogo.

No es nada fácil entender, mucho menos para un extraño, entender el beneplácito de millones de personas hacia las convocatorias oficiales sin un ápice de resistencia. El hecho no estriba en las estadísticas reales de rechazo y aceptación al régimen, sino en la presencia multitudinaria en calles y plazas cada vez que se les antoja a los organizadores.

Pensando en términos culturales, idiosincrásicos, históricos, entre otros, aumenta la profundidad del desconcierto frente a lo que parece una característica de excelencia y que en realidad revela un síntoma de extrema gravedad en el tejido social.

Era y es impensable que el cubano pueda adaptarse a un sistema como el padecido durante un período tan extenso. Nuestro origen y desarrollo nada tiene en común con las teorías que Lenin y sus seguidores lograron imponer y expandir con bastante éxito en el tiempo y el espacio, aunque hoy estén más cerca del recuerdo que de su materialización a nivel global.
No es el propósito asumir la crítica como una banal descarga de pasiones cuando se aborda un problema que apunta a una degradación que influirá en el comportamiento y las actitudes de las próximas generaciones.

Ser protagonista de las referidas concentraciones, bien a partir de algún homenaje o protesta en función de cumplir con mandatos con poco que ver con la autenticidad y la plena identificación con el tema y los convocantes, es una pobre actitud que demerita y genera un caos en la personalidad de los protagonistas.

Condenar tal postura podría generar una tormenta de acusaciones de otros coterráneos aferrados a un radical pensamiento conservador. ¿Cuántas personas de las últimas tres o cuatro generaciones pueden presentarse libres de este pecado?

Lo importante no es sacar a relucir errores del pasado. Eso sí, hay que decidirse a pagar un precio para despojarse de todos esos disfraces y máscaras utilizados como amparo y con resignación.

Por lo que se avizora, serán muchos los candidatos, pero muy pocos los que definitivamente terminen rompiendo con una forma de vida basada en la falsedad.
Bajo cualquier dictadura es duro forjarse una parcela de libertad, sin embargo no es imposible. A menudo se paga con el ostracismo y la cárcel y eso basta para que las expectativas sigan siendo reducidas en cuanto a una toma de conciencia generalizada respecto a acabar con una vida empañada por las nubes de la simulación y la pusilanimidad.

No me caben dudas que vendrán nuevas muchedumbres a validar el sistema erigido sobre códigos propios de un cuartel. Es un adelanto de algo inevitable y exacto.
La mayoría de la gente dice que romper con las reglas es demasiado oneroso. Eligen adaptarse o irse al extranjero. Tales premisas son suficientes para ni pensar en la sentencia del epitafio. El totalitarismo no será eterno, pero todo indica que por ahora no es previsible su muerte.


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