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JUNTARSE, PALABRA DE ORDEN.
28-11-2006, Alfredo Cepero

Bajo este título simple, directo y casi imperativo firmaron un documento, que muy bien podría resultar histórico, los opositores Martha Beatriz Roque, Oscar Elías Biscet y Vladimiro Roca, el 14 de octubre del año pasado. En contraste con el título, el texto del documento es flexible, sugestivo y de una modestia que invita a la reflexión sin establecer condiciones, requisitos, ni conceptos previos. Convoca a todos los cubanos a un trabajo en común sin la uniformidad que implicaría una unidad. Esa misma que se nos ha escapado de las manos durante 47 años porque, como dijera Federico García Lorca de los españoles y podríamos aplicar a los cubanos, “nosotros no conocemos el término medio”. Y podríamos agregar que “tampoco el consenso”. Por otra parte, albergamos la esperanza de que, reconociendo los obstáculos, tengamos más probabilidades de alcanzar la meta de una Cuba democrática, soberana, libre y justa.

Partiendo de esa misma premisa, fue suscrito en septiembre de este año un documento de cinco puntos entre la Asamblea para Promover la Sociedad Civil, dentro Cuba, y el Foro Patriótico Cubano, en Miami. Ambos documentos, tanto el del año pasado por la oposición dentro de Cuba, como el de este año entre la Asamblea y el Foro, comparten puntos básicos que forman parte de todos los programas y proyectos de las organizaciones que trabajan por una transición sin venganzas pero con justicia. Entre dichos puntos se encuentran la libertad incondicional para los presos políticos, la instauración de un gobierno de transición hacia la democracia, el establecimiento de una asamblea o congreso constituyente, el reconocimiento de los partidos políticos, la celebración de elecciones y el restablecimiento del imperio de la ley.

Pero, como ya citamos a Lorca, nos sentimos estimulados a describir con una metáfora la oposición a la tiranía tanto dentro como fuera de la isla. Somos como un jardín de rosas con pétalos de múltiples colores y afiladas espinas. Tenemos, por la tanto, la doble capacidad de producir deleite y de inflingir dolor. Eso explica en gran medida por qué muchos de nuestros jardineros han desistido de cosechar las flores de la concordia y la cooperación vencidas por las espinas de la envidia y de la insidia. Todos sabemos que las diferencias y confrontaciones entre nosotros no han sido tan motivadas por divergencias ideológicas o programáticas como por conflictos de ambiciones y de personalidades. De no ser así, hubiésemos visto luchando hombro con hombro en el jardín de la patria a rosas cuyos colores incluiría desde el blanco hasta el negro pasando por el amarillo. Y no digo rosas rojas o rosadas para no ser objeto del anatema de aquellos que no sean capaces de reconocer diferencias entre ideologías políticas y floricultura.

Siguiendo con nuestro razonamiento, no existe motivo racional alguno para que dentro de Cuba no trabajen juntos (no necesariamente unidos pero coordinados) una pléyade de luchadores por la democracia. La misma podría comenzar con Martha Beatriz Roque, Oscar Elías Biscet y Vladimiro Roca, pasar por Ángel Pablo Polanco y Darsi Ferrer Ramírez, continuar con Oswaldo Payá, Oscar Espinosa Chepe, Manuel Cuesta Morúa y cuantos se sumen al esfuerzo poniendo como único símbolo la bandera de la patria y como única meta su libertad. Lo mismo podríamos decir de aquellos que en el exilio trabajamos por la libertad de Cuba. Trabajar juntos para superar las últimas ráfagas de una tormenta que nos ha azotado durante medio siglo. Cuando regrese la calma y nos caliente de nuevo el sol de la libertad, cada cual podrá transitar el camino que le dicte su ideología y dirimir sus diferencias con otros cubanos a través de las urnas electorales y sin cárceles, sin fusilamientos, sin miseria y sin odios.

Quede, sin embargo, bien claro que en este planteamiento no están incluidos todos los cubanos. Quedan excluidos quienes, en su infausta y mezquina tarea de apoyar a la tiranía, se han manchado las manos de sangre o la conciencia de corrupción, delaciones, violaciones y torturas. Quede todavía más claro que no nos hacemos ilusiones de que ni éste ni ningún planteamiento similar que le suceda traerán una inmediata primavera al jardín de la patria. Eso llevará energía, imaginación y, sobre todo, tenacidad. Ahora bien si alguien me quiere calificar de iluso, y es probable que así sea, peor para él y para Cuba. Porque todos los acontecimientos trascendentales de la humanidad-- ya fueran militares, políticos o religiosos—han comenzado con un sueño o han sido frustrados por el miedo. De ahí que los hombres y los pueblos tengamos la capacidad de ser tan grandes como nuestros sueños y tan pequeños como nuestros miedos. En este momento en que literalmente se nos viene encima un cambio drástico en nuestro devenir histórico, Cuba demanda que tengamos la audacia de soñar con una patria grande y la tenacidad de convertir ese sueño en una esplendorosa realidad.


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