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Los nombres raros
28-03-2009, Hurtado, Rogelio Fabio

Cubamatinal/SDP/ Cuando comencé a fungir como profesor de español no titulado, a fines de la década del 70, entré por primera vez en contacto con la rareza fónica de ciertos nombres, y sus caprichosas grafías. Entonces ya se argumentaba, con la más criolla tranquilidad, que los nombres propios no tenían faltas de ortografía. Así recuerdo un alumno del Inst. Tecnológico André Voisin nombrado Rossbell. En general, eran bisílabos eufónicos y los portaban muchachos de origen campesino. Su semejanza con fonemas propios del inglés era explicable, dada la presencia entre nosotros en la década del 50 de la cultura norteamericana. Sin embargo, con la década del 60 irrumpió lo no pensado y no fue precisamente al compás del Son.

La reducción, brusca y en picada, de las normativas católicas se asoció al deslumbramiento con la URSS y no fueron las Laritzas y Galias ni los Boris o los Vladimires (es interesante constatar que nadie le puso a su niño Nikita o Anastas) los culpables, puestos que son hermosos nombres cristianos, sino la introducción libérrima de las letras K, Y y H para confeccionar nombres inventados, con la patética pretensión de ser únicos.

Creo que este rasgo sigue presente, si bien quizás haya comenzado a declinar muy ligeramente en las últimas dos décadas. No se requiere de títulos en Humanidades para inferir algunas de las consecuencias de esta conducta social. Su causalidad se vincula con el proceso de destrucción vertiginosa de la Cuba republicana, a favor de la nueva Cuba socialista. A los impetuosos destructores del orden parecía venirles bien todo lo que debilitara a la burguesía, así que el sentido de pertenencia y continuidad familiar que brinda al individuo el hecho de llamarse como su padre o como su abuelo, no contaba para nada. Por otra parte, puesto que no deseaban sustituir los patronímicos con simples cifras, lo mejor eran esos nombres inventados, sin trazas emocionales ni religiosas, que, además, le ofrecían al sujeto individual un asidero para creerse distinto y diferente, cuando en realidad estaba siendo sometido a la condición de ente colectivo encadenado a un orden jerárquico duro y permanente, bajo el exaltante título de socialismo con las novedades absolutas que proclamaba y proclama a diario el monopolio de información del Partido-Estado. Vale destacar ahora que las más altas figuras se cuidaron mucho de continuar la tradición burguesa, puesto que no en balde habían conquistado ya su poder a sangre y fuego. Sin embargo, de ellos para abajo no se desalentó nunca esta práctica. Hay anécdotas inolvidables, como la de aquella niña negra de San Miguel del Padrón que inscripta como Fe Katiuska lloraba en el aula de primer grado porque no sabía decirle su nombre a la maestra: Yo me llamo niña, maestra – repetía entre sollozos; o la de aquella cuyo nombre era un amontonamiento de letras K, a quien el médico de la familia rebautizó como Chaicovsky.

Ya la tercera generación de estos inventos denota un alejamiento paulatino del modelo soviético, y se encamina hacia un destino desconocido, de oscuridad incalculable. Como si viviésemos como sociedad un fenómeno de entropía, similar a los huecos negros. Si revisamos cualquier listado, ya no es posible a menudo distinguir entre sexos, ni acordarnos de otras personas queridas que se llamasen así. La supuesta originalidad ha devenido en monotonía insalvable. Pienso que los jóvenes poetas tendrán que recurrir, como los renacentistas, a dotar a sus Julietas de nombres más floridos, si es que la poesía perdura.

No obstante, comienza a notarse una tendencia a reproducir en las crías los nombres paternos, mediante, no podía esperarse otra cosa, el recurso de escribir el primer nombre inventado pero al revés, sin tomar en cuenta para nada lo raro que pueda sonar. Así, empiezan a hacérsenos familiares los Odlanier y las Alegna, jeroglíficos cuyo esclarecimiento no les será difícil, si son ustedes cubanos del siglo XXI. Similar procedimiento empleó el gran Virgilio Piñera cuando denominó al gran diamante de su novela Presiones y Diamantes Delfi, detalle que parece haber impedido la reedición de la obra, vaya usted a saber por qué.

En realidad, cuando emprendimos este camino todos éramos muy jóvenes y muy confiados. Ni siquiera los incrédulos pudieron imaginar que, al cabo de tantas victorias, íbamos a vernos perdidos, entre gente extraña, que no parecen compartir con nosotros ni el sentido de las palabras, ni el código de valores humanos elementales. Entonces me percato de la diabólica coherencia entre sus nombres raros y sus conductas: efectivamente son hombres nuevos, pero no mejores, sino peores que el cubano de otrora, por y para desgracia de todos.


 


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