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De lo cotidiano: El deportado
18-03-2009, Sinue Escolarte

Cubamatinal/ La Isla de La juventud, es una parte de la República de Cuba situada al sur de su geografía. Cuenta un ciudadano nacido en ese hermoso lugar, como, aprovechando la posibilidad de estudiar que se le ofreció, decidió hacerse una persona de bien, reconocido y respetado por amigos y familiares. Deseaba serle útil a la sociedad tal como correspondía en esa época en que los jóvenes se movían por montones, inmersos en un contingente de hombres nuevos creados por la revolución, aspirando a ganar la máxima escala de capital humano y excelencia.

Luego de conseguido el propósito de graduarse entre los mejores estudiantes, penetró en la macro sociedad, en la añorada vida laboral, con categoría de técnico medio, apreciando rápidamente como sus sueños se fueron desvaneciendo uno tras otro, entre la incapacidad de cumplir con la debida corrección y calidad su labor y a la vez, vivir decorosamente con lo mínimo que cualquier ser humano que se haya esforzado, merece para él y para brindarle a los suyos. No le era posible, debido al insuficiente salario que devengaba, con múltiples aspiraciones e ilusiones, pero sin perspectivas ni oportunidades de mejorar sustancialmente algunas posiciones, manteniéndose digno y honrado como se le exigía.

Increíblemente le era negado conciliar favorablemente estos dos aspectos a pesar de probar diversas vías dentro de la superación personal, la emulación socialista, las metas cumplidas y sobre cumplidas, las normas alcanzadas, el estimulo en CUC, la javita con aseo personal y las promesas gubernamentales de que con mayor esfuerzo y sacrificio, con mas trabajo y ahorro, alcanzaría el soñado bienestar. Todo lo que intentó dentro de los parámetros legales, fue en vano.

Agotado, decidió probar de otra manera fuera del control y la promesa estatal. Por ese camino casi de inmediato, verificó la mejoría económica y el favorable cambio de aspecto de sí mismo, su familia y su medio. Adquirió, una confianza progresiva incrementando las negociaciones, el intercambio y la competencia y con ellas, se globalizó, extendiéndose fuera de su barriada, transformándose sin notarlo, en un empresario competente, adicto a las ilegalidades, ganando fuerza por días en su gestión dentro de ellas.

Localizado por las autoridades se convierte desprejuiciado, en asiduo huésped de los aposentos policiales, siendo advertido constantemente con cartas y detenciones, alejándose deliberadamente, del discurso político que primero lo nombró ejemplar y luego joven comunista, posición que le sirvió para salvarse varias veces de la confiscación de sus bienes, el juicio, la sentencia y la prisión. Pero ya sucumbían gastados, tanto el carné de militante, como los argumentos y la entrega política, quedándose sin otra opción según sus propias palabras que ¨¨salir echando¨¨, dejarlo todo atrás: hijo, esposa, amigos. Fue así que migró precipitadamente de su tierra natal, para eludir el peligro de aquella sanción mayor, que ya se veía venir.

Un buen día sin pensarlo dos veces, subió a una embarcación en la isla-país y luego de dos horas de travesía, se bajó en Cuba, comenzando su nueva aventura de inmigrante ilegal dentro de la patria. Este estatus que no alcanzó mantener oculto por mucho tiempo, provocó nuevamente que fuera conducido con regularidad, a diversas estaciones de policías, escapando de este acoso, por la persuasión-soborno que sus CUC le facilitaron, y así, se le permitió operar ¨¨libremente¨¨, en determinadas zonas custodiadas por sus nuevos agentes policiales-amigos, los mismos que en otra ocasión, lo habían mantenido en el calabozo de Zapata y C por 17 días sin alimentación adecuada, incomunicado y poco después, escoltado y esposado, lo trasladarían deportado para su país, la amada Isla De La Juventud, en aquella ocasión, por no conservar el comprobante de pago de una multa que ya había liquidado. Para esta fecha, tenía antecedentes penales.

¿Quién lo hubiera imaginado cuando pensó convertirse en un habitante decente como parte del hombre nuevo que soñaba ser? La metamorfosis que sufría era obligada. Se sentía acorralado entre dos aguas. Tanto en La Habana Cuba, como en La Isla de la juventud, era declarado persona no grata e impulsado a vivir en la diáspora y todo, por ilegalidades no ilegales en ninguna parte del mundo, por eso no entendía con claridad su situación.

Primero, en su país de origen, viéndose apretado de dinero y su familia con dificultades para sobrevivir, abandona el trabajo arriesgándose a comerciar guayabas que compraba a un amigo en precio barato, para revender, o aguacates, o cualquier vianda, o fruta. Es cierto que lo llevó a mayor escala cuando observó que era provechoso, pero era un trabajo, no un robo ni una estafa. Si hubiera sido posible tener un negocio y pagar una licencia, todo hubiese sido diferente, pero esa posibilidad dentro de la ley no existía. Sin tener nada en cuenta, fue detenido y luego del consiguiente decomiso, aplicada una contravención y otras multas y cartas de advertencia, hasta que sin salida, se vio precisado a escapar hacia el exilio en una embarcación.

Ya en Cuba, intentó varios oficios entre ellos la carpintería. Le iba bien, incluso, pensó comprar un cuarto, traer a su hijo con él y hacerlo ciudadano cubano. Pero la madera conque hacia los muebles no la vende el estado y por andar con un bulto de tablas encima sin precisar la procedencia, fue capturado y comprobada de paso, su otra ilegalidad. La de ser extranjero y andar indocumentado en su propio país. De ahí en adelante no respiro mas, escondiéndose, evadiendo o finalmente, sobornando a sus adversarios cuando era detectado.


Dejó la carpintería presionado por la vigilancia y el atraco policial. Se entremezcló en negocios de "más envergadura", haciendo vida nocturna para desaparecer su imagen ante los perseguidores. Los ingresos aumentaron en la misma medida que la categoría de la ilegalidad. Vivía alquilado por 50 CUC y portaba un teléfono Nokia con el cual se comunicaba para sus evoluciones, se vestía bien y podía mandar su remesa familiar, siempre, “trabajando” en las sombras. Pero al que velan no escapa. Fue localizado de nuevo y obligado a dirimir su problema otra vez, con el CUC.

Tenía que quitarse ese lastre, se hacía mayor el pago en cada nueva arresto y eran más los agentes que lo conocían como “sin papeles” y “busca vida” rastreándolo para chantajearlo. Con él, tenían un sueldo fijo. Fue entonces que “alumbrado” por otros “colegas sin papeles”, encontró la vía, la persona ideal y por 150 CUC que colmaron la billetera del funcionario público adecuado, compró su libertad y con ella, se hacía portador del indispensable carné de identidad con dirección de su nuevo país. ¡Al fin, era ciudadano cubano! y podría pertenecer al comité de defensa de la revolución. Terminaron las angustias, las donaciones policiales, los acosos, las deportaciones, porque de paso, con unos pesos adicionales le dejaron limpios los antecedentes penales. En cuanto entrara en dinero vendría el próximo escalón: Adquirir una plaza de administrador, carnicero, o taxista. Pero estas eran palabras para empeños mayores.

Por el momento, se investía con la categoría de desocupado legal, o trabajador informal. Había dejado de ser un peligroso, un vago, o un antisocial extranjero, con múltiples deportaciones por negocios ilícitos, e indocumentado. No sería detenido ni conducido mas porque su amigo, el dinero, lo había transformado de antisocial y delincuente, en un cubano libre, el hombre nuevo, digno de vivir en el primer país socialista de América Latina.


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