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La peligrosa presunción
14-03-2009, Díaz Marzo, Ramón

Cubamatinal/SDP/ Cuando llegamos al parque, una multitud de personas rodeaban la entrada principal del Tribunal Municipal de la Habana Vieja. Mi amigo y yo, que habíamos salido de la iglesia del “Cristo del Buen Viaje”, nos detuvimos. Varios coches de la policía nacional rodeaban el lugar confundidos entre cientos de personas: hombres y mujeres del pueblo. Un hombre se abalanzó contra un policía. Tres mujeres eran sujetadas por sus propios amigos y familiares y cargadas en peso porque estaban poseídas por un ataque de histeria, impotencia, rabia, desesperación. Evidentemente habían dictado sentencia contra alguien. Aquella multitud de curiosos o vecinos del inculpado estaban allí en calidad de apoyo moral al condenado o los condenados. Todas las personas presentes se veían alteradas. Le dije a mi amigo que nos aguantáramos un poco por ver cómo terminaba la historia.

Había tanta gente en el parque del Cristo, y en la calle frente a la puerta principal del tribunal, que no pudimos ver cuando sacaron a alguien y lo metieron en una furgoneta de color gris y con las siglas de la PNR. El coche escoltado por otro patrullero partió del lugar. Dobló por la calle de Lamparilla haciendo sonar la sirena. Aquello parecía una película.

Le dije a mi amigo que había que tener tacto si queríamos saber lo que había ocurrido. Uno no sabía quiénes eran los familiares más cercanos o la policía vestida de paisano. También teníamos que tener en cuenta el miedo que las personas sienten cuando se enfrentan a un desconocido, especialmente si uno les dice que somos la prensa independiente. Había que averiguar qué ocurría haciéndonos pasar por chismosos serios. Le dije a mi amigo que me dejara actuar y no hablara.

Miré hacia todas partes por ver a quien, con certeza, podía acercarme y averiguar de qué se trataba el alboroto.

También tenía que tener en cuenta que el lunes 2 de marzo 2009 habían separado de sus cargos a 13 ministros de un solo plumazo. El sentimiento que me animaba, y creo que también a la población, era el de la incertidumbre. La prensa oficial no había explicado el motivo específico de aquellas “ejecuciones morales”. Ya había salido la reflexión del Máximo Líder donde se decía que los defenestrados: Carlos Lage y Felipe Pérez Roque, entre otros, habían “lamido la miel del poder sin haber conocido el sacrificio y el enemigo se había hecho ilusiones”. Yo no pensaba escribir sobre esa bronca de Estado ni pienso escribir. Creo que esa bronca es muy grande para un simple periodista independiente al que pueden aplastar cuando quieran. Uno pretende durar en la calle lo más que pueda.

Así que lo único que me importaba era averiguar a quién o quiénes habían juzgado, cuál o cuáles delitos habían cometido, y cuál había sido la sanción. Las lagrimas de aquellas tres mujeres y una multitud enardecida hicieron que mi amigo especulara que allí lo que habían dictado era una pena de muerte. Que todas aquellas personas eran vecinas y amigas, aparte de los parientes del condenado. Le dije a mi amigo que una pena de muerte no podía ser dictada por un Tribunal Municipal. Entonces me decidí por un grupo que se había separado del resto donde había una muchacha muy alterada. Le dije a mi amigo que me acompañara y no abriera la boca porque yo manejaría la situación. En realidad nada sé manejar. Uno improvisa y nunca sabe qué sucederá al siguiente segundo. Incluso, si son parientes del condenado te pueden agredir en una situación donde todos tienen los nervios crispados.

Mi amigo y yo nos detuvimos a una distancia prudencial, ni muy cerca ni muy lejos, para escuchar lo que un joven le decía a la muchacha alterada. Allí no se podía sacar grabadora de periodista, ni papel y lápiz. Allí lo que había que tener era una buena memoria y ganar la confianza de alguien que nos contara qué había ocurrido en el juicio.

Tuvimos suerte. El joven que intentaba calmar a la muchacha nos miró con buenos ojos. Entonces pregunté. Me dijo que habían condenados a dos muchachas de 17 y 19 años a 2 años de cárcel. Que el hecho había ocurrido de la siguiente manera: las dos muchachas regresaban a sus casas. Un policía las interceptó y les pidió los documentos de identidad. Las dos muchachas mostraron sus documentos. Entonces el policía llamó por la radio al patrullero, las llevaron a la Estación de Policía, y levantaron un acta a cada una por ejercer la prostitución. Las muchachas intentaron defenderse, pero el policía alegó en el juicio que él presumía que ambas muchachas eran jineteras. El joven me dijo que él las conocía y no eran jineteras, que se había cometido una injusticia. Las muchachas fueron detenidas ese día a las 10 de la noche. Él pensaba que en la ciudad se había decretado un toque de queda no declarado oficialmente por el gobierno. Y entonces me dijo que él vivía cerca del parque donde nos encontrábamos y hacía pocos días, el Jefe de Sector de la PNR vino y le dijo a él y a un grupo de jóvenes, todos vecinos de la barriada, que no podían estar en el parque cuando llegara la noche. Incluso, les advirtió que tampoco lo hicieran de día, y mucho menos podrían ponerse a beber alcohol en el parque.

Por supuesto, con aquella declaración tenía que conformarme. No podía preguntarle si estaba trabajando porque el joven me habría cuestionado y me habría dicho a título de qué yo le estaba haciendo tantas preguntas y estaba tan interesado con lo que allí ocurría.


 


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