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El relevo
27-02-2009, Fornaris, José Antonio

Cubamatinal/SDP/ Vivir alejado de la ciudad, en esta época de tanta contaminación y efecto invernadero, tiene su encanto. Claro, no todo es color de rosa o helado de chocolate. Eso de que se percibe el lenguaje del silencio, no es tan así.

Por ejemplo, cuando la tarde anuncia que viene la noche y el Sol ya se está poniendo el pijama, como él es el astro rey, hay un montón de especies, que también tienen que irse a dormir.

A esa hora, en el patio de mi casa, hay decenas de gorriones hablando todos al mismo tiempo. No se sabe si se despiden hasta el siguiente día o si están muy molestos porque ya se tienen que ir a dormir, pero el caso es que la algarabía se salta los decibeles permitidos por las reglas de urbanidad.

Lógico, lejos de la ciudad existe mayor conexión con la naturaleza. Aunque a veces es difícil determinar si eso es bueno y simple o complicado y problemático.

Una muestra es nuestra perra, Adis. Ella, después de cada comida, sube al sofá y comienza a gemir. Y no es porque la cena le haya dado dolor de estómago. Es para que le pasen la mano por la barriga. Al parecer, ese es el postre.

También hay un gato que se cree medio rey del mundo. Se pasea por toda la casa y el patio con aires de gran señor, se marcha y regresa cuando le parece. Aunque cuando está de vuelta, se anuncia maullando alto, como diciendo: “Ya estoy aquí, como los he extrañado”.

Además compartimos el hábitat con una cotorra. Esta fémina de ropaje verde con cuello rojo, escandaliza lo que le da la gana y un poquito más. Se enfada cada vez que llega alguna visita, y como por alguna u otra razón, no hay un día en que no llegue más de una persona a visitar, aunque sea por unos minutos, pues está molesta a cada rato. Además, pica.

Una picada de cotorra es algo de poca broma. Lo que tienen por pico es una tenaza. A mí me ha picado tres veces. Y parece que la primera reacción que produce es una transformación del rostro, porque de inmediato, mi compañera ha dicho con voz suave y conciliatoria: “Es un ave, recuerda que es un ave”.

Hace cerca de un año, tuvimos, además, un sinsonte llamado Tií. El sinsonte es un pájaro de menor talla que una cotorra, de color pardo, con el pecho y el vientre blancos. Tiene un canto armonioso y puede vivir en cautiverio.

Pero este estuvo en cautiverio sólo el tiempo en que estaba muy pequeño y necesitaba de esa protección. En verdad, era un ave agradable. Le gustaban las hormiguitas, claro, había que cazárselas. Se pasaba el día en el patio, y volaba o caminaba por dentro de la casa.

Sí en algún momento no estaba a la vista, mi compañera nada más tenía que salir al patio y llamarlo y de inmediato aparecía. Y todas las noches dormía en su jaula. Pero por ser pequeño, y a veces estar metido entre los pies de las personas, se le dio un golpe de forma accidental y murió.

Por la muerte de ese sinsonte, la bandera estuvo a media asta como tres días en la casa. Hubo llanto en abundancia, hasta que tuve que transformarme en Jefe de Estado y decretar con firmeza la terminación del duelo por el sinsonte.

El incidente con el sinsonte fue conocido por varias personas que se sensibilizaron con la situación. Poco tiempo después, un amigo consiguió otro pichoncito y nos lo regaló.
Pero el relevo, aunque se siguió con él igual método durante la primera etapa, mantenerlo en la jaula sólo el tiempo necesario para su protección y darle la comida en el pico con la puerta de su residencia abierta, no es igual al otro.

Las hormigas no le interesan en lo absoluto, ni siquiera las mira, no juega con nadie. Después que salió a recorrer el entorno, sólo fue posible hacerlo dormir en la jaula los dos primeros días. Se le puede estar llamando todo el tiempo del mundo que no se da por aludido.

Pero eso sí, cada 25 o 30 minutos llega hasta la puerta que da para el patio y emite un “chuif” que es su petición de comida. Por suerte, como es un pajarito, come como un pajarito. Y en esos momentos sí tiene contacto con la jaula, porque se sube encima de ella para que le pongan el alimento en el pico. Mi esposa dice que es silvestre, pero yo creo que es un poco bandolero.

El otro día la escuché contar a una amiga todas las “hazañas” del sinsonte, y dijo preocupada: “A lo mejor, cuando se enamore no vuelve más”. ¿Será que es un familiar cercano y no estoy enterado? Prometo que si me entero de algo referente a ese asunto tan delicado volveré a escribir sobre el tema.


 


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