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Cómo el Congreso invalida a Darwin
11-02-2009, Wil, George

Cubamatinal/ Este jueves, el 200 aniversario del nacimiento de Charles Darwin y de Abraham Lincoln, recuerde que Lincoln importa más.

“¡Descendientes del mono!” exclamaba la esposa del obispo de Worcester. “Esperemos que no sea verdad, pero sí lo es, recemos porque no sea ampliamente sabido”.

La mayoría de los estadounidenses se resiste a una noción tan molesta, suscribiendo la propuesta de que "Dios creó a los seres humanos en su forma actual en algún momento de los últimos 10.000 años”. No obstante, la evolución es un hecho y su mecanismo es la selección natural: las criaturas con variaciones especialmente adaptadas a su entorno tienen más descendencia que las criaturas menos evolucionadas.

Este jueves, el 200 aniversario del nacimiento de Charles Darwin y de Abraham Lincoln, recuerde que Lincoln importa más. Sin Darwin, otros científicos habrían intuido la selección natural. De hecho, Alfred Wallace, amigo de Darwin, ya lo había hecho. Sin Lincoln, los Estados Unidos probablemente se habrían escindido en dos naciones por lo menos. Probablemente en más: Los habitantes del Sur, una tribu díscola, no se habrían sentido cómodos todos juntos mucho tiempo dentro de la Confederación.

Al contrario que Lincoln, Darwin todavía inquieta la paz interior de la humanidad. Algunas personas retroceden ante la idea de la selección natural, léase "la supervivencia de los más aptos," porque insinúa "la naturaleza salvaje sin sentimentalismos," de Lord Tennyson. Pero Darwin, en el último párrafo de "El origen de las especies," lo veía de forma hermosa:

“Por tanto, a partir de las guerras de la naturaleza, del hambre y de la muerte, el objeto más exaltado que somos capaces de concebir, a saber, la producción de animales superiores, se deduce directamente. Hay grandeza en esta visión de la vida, con sus diversas fuerzas, habiéndose combinado originariamente en unas cuantas formas o en una sola; y que, mientras el planeta ha seguido girando según la ley inmutable de la gravedad, desde un principio tan simple han surgido incontables formas más bellas y maravillosas, y son desarrolladas”.

Walt Whitman, convencido por la guerra de Lincoln de la necesidad de garantizar la supervivencia de la nación, adoptó un misticismo materialista a propósito de la matanza: la inmortalidad humana se encuentra en la transformación terrenal de los cadáveres en "una esencia invisible y el olor a tierra y césped, por los siglos de los siglos”.

Después de que Copérnico desalojara a la humanidad del centro del universo, Marx afirmaba que la falsa conciencia -- en realidad "no decidimos entre diferentes alternativas" - nos impide ver el hecho de que estamos en manos de una implacable dialéctica de fuerzas impersonales. Darwin situaba a la humanidad en un continuo de protoplasmas. Después Freud afirmaba que "el propio" del individuo o la personalidad es en realidad una especie de ingobernable comité. Todo esto hirió el amor propio de la humanidad.

No obstante, muchas personas religiosas juzgan compatible Darwinismo con teísmo: Dios, dicen, inició y dirige la dinámica que describía Darwin. En último término, Darwin, a pesar de sus referencias retóricas superficiales a "el Creador," discrepaba. Como científico que se ocupa de probabilidades, y con una teoría profundamente materialista, no tuvo ningún espacio intelectual para una deidad rectora que desea un destino especial para nuestra especie.

El rechazo por parte de Darwin del diseño inteligente ayudó a validar una filosofía política análoga. El hecho del orden en la naturaleza no nos obliga a postular la existencia de un Ordenador divino, y el orden social no presupone un estado director. Como cuestión práctica, no podemos expulsar al gobierno de nuestra interpretación de la sociedad igual que Darwin expulsó a Dios de la interpretación de la naturaleza. Pero el Darwinismo abre la mente a la proliferación de acuerdos sociales orgánicos, espontáneos y totalmente libres -- a Edmundo Burke y a Friedrich Hayek.

Hablando del gobierno, en 1973 el Congreso aprobaba la Ley de Especies en Peligro de Extinción. Afirmaba que cuando se trata de identificar una especie "en peligro de extinción" o "amenazada," el gobierno no debe considerar solamente las enfermedades, los depredadores o las amenazas sobre su entorno, sino también "otros factores... naturales que afectan a su existencia continuada”. ¿Factores naturales?

Cuatro años más tarde, la ley detuvo la construcción de una presa en Tennessee que se estimaba amenazante para el pez comedor de caracoles de río. Ed Yoder, un columnista docto y a veces tosco, observaba que fue bajo la "ley del mono" de Tennessee que John Scopes fue juzgado en 1925 por impartir biología de una forma considerada incompatible con el "Génesis”. Aunque sin equiparar la ley de Tennessee con "una medida tan ilustrada" como la ley de 1973, Yoder observaba:

“Ambas resoluciones implican la intromisión legislativa en el ámbito del cambio biológico; y cuál implica más arrogancia está aún por verse. Las ambiciones de Tennessee son comparativamente modestas. Tan sólo pretendía esconder las inquietantes pruebas de la selección natural a impresionables escolares. El Congreso de los Estados Unidos, intriga descubrir, pretende zanjar por las bravas tan desagradable asunto”.

Habiendo logrado eso, meter en cintura al clima debería ser para el Congreso un juego de niños. Entienda "un juego de niños" como prefiera.


*George F. Will es un periodista, comentarista y escritor norteamericano ganador del Premio Pulitzer. Cursó estudios de grado en el Trinity College de Hartford (Conecticut) y luego obtuvo una maestría en Oxford y un doctorado en Princeton. Ha sido columnista de The Washington Post y Newsweek por más de 30 años y contribuye regularmente con otras publicaciones norteamericanas. ©Washington Post Writers Group

 

 


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