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Viaje de Cristina a Cuba: ¿no lo advirtió la Cancillería?
10-02-2009, Andres Cisneros

Cubamatinal/ En el momento de su apogeo, el inolvidable Tato Bores especuló con que iba a despedir a sus guionistas, porque simplemente abriendo los diarios encontraba cosas mucho más desopilantes. Si no resultara un asunto tan serio, la presencia de nuestra primera mandataria de la mano con Fidel Castro y Chávez el mismo día en que asumía el nuevo presidente de los Estados Unidos, vendría a confirmar el olfato de Bores y la magnífica ironía de Oscar Wilde: la realidad imita al arte.

Un viaje en tales circunstancias no pudo no consultarse previamente con la Cancillería, cuyo titular acompañó entusiastamente esta señal al mundo, pero cabe preguntarse si en algún archivo, alguna vez, podrá encontrarse algún hoy descartado memorándum, en el que algún alto funcionario político de la Casa haya procurado advertir a sus superiores sobre el paso que se estaba dando. Puede tomar tiempo: aún no apareció ninguno sobre el desembarco en Malvinas.

El antinorteamericanismo es un explicable sentimiento, muy extendido en el mundo y altamente rentable en la política interna de la Argentina, donde la asombrosa torpeza de Bush ha rendido enormes dividendos hasta hace apenas una semana. Pero ¿convenía hacerle un desplante a Obama, que es otra cosa? ¿Y el mismísimo día de su asunción? Si no distinguimos entre uno y otro, el mensaje que estamos enviando es que lo que directamente no nos interesa es una buena relación con Estados Unidos, no importa quien lo gobierne.

Una relación constructiva, cooperativa, sin anteojeras ideológicas con el país más poderoso de la historia de la humanidad no supone un dato menor para el futuro de cualquier país, incluyendo a la narcisista Argentina. Si Obama es lo mismo que Bush, entonces tiene razón Hebe de Bonafini y es mejor no distraerse intentando diferenciarlos: Lula, Lagos, Tabaré y Felipe González se equivocan, no entienden nada.

Un país que en lo interno ya ha reemplazado a Alberdi por D'Elía bien puede formular su política exterior a partir de la visión de Bonafini. ¿Por qué no, si ya celebró al 11 de setiembre y la muerte del Papa, a cuyo sepelio el presidente Kirchner no acudió?

Nadie sabe a qué llevaron a nuestra Presidente a Cuba. Lo comercial que se firmó carecía de entidad y lo que se abstuvo de decir dañó a su persistente embanderamiento con los derechos humanos. Así como se la hizo viajar a París para una insólita participación en una marcha a favor de la libertad de Ingrid Betancourt, sin reclamar ni una vez por el argentino que las FARC secuestraron en 2006, ahora se excluyó de su agenda tanto una entrevista con la oposición cubana como el largamente desatendido caso de Hilda Molina.

Desde el oficialismo se ha explicado que «razones de protocolo y etiqueta» impidieron ambos temas. Debe tratarse de protocolos ciertamente distintos del que le aplicamos a Bush en Mar del Plata o al desprevenido Obiang cuando la doctora Kirchner lo retó en público siendo huésped oficial de su Gobierno. En cualquier país democrático del mundo los visitantes se entrevistan con la oposición, y ningún mandatario que se precie acepta que se lo prohíban.
Quienes le armaron este viaje causaron un daño a la figura de Cristina Kirchner, toda vez que, luego de esto, su defensa de los derechos humanos no aparece ni universal ni inclaudicable, sino acomodada a la simpatía que se tenga por el violador de que se trate. Debió cuidarse mejor a la investidura presidencial.
El revuelo cuasi cholulo por una foto de ocasión con el gurú de una revolución socialista que nunca fructificó, como no sea en un régimen aún más prolongado y despótico que los que vino a combatir, parece una compensación demasiado pobre por la humillación que supone que un presidente argentino pague el precio de silenciar el tema de los derechos humanos, una de las pocas políticas de Estado que aún conservamos, y ha sido pilar de su campaña política electoral. El remate de los abrazos con Chávez, a apenas días de que éste cruzara epítetos con Obama, completa el panorama desconcertante de una conducta internacional incomprensible.

La Argentina necesita de una política exterior en sintonía con la de socios naturales como Brasil, Chile o Uruguay, en los que la investidura presidencial y el prestigio personal de los primeros mandatarios no se arriesgan en aventuras ideológicas adolescentes.

 


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