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Ni Edgar ni Frankz
02-02-2009, Wilfredo Vallín Almeyda

Cubamatinal/ SDP/ ¿El mejor? Para mi hermano, graduado del ISA (Instituto Superior de Arte) y experto en Historia del Arte, el mejor es Edgar Allan Poe, “reconocido como uno de los grandes genios de la literatura norteamericana, archifamoso por sus historias cortas (Asesinatos de la rue Morgue, El Gato Negro, El Diablo en el Campanario, etc.) donde combina magistralmente elementos de horror y suspenso…”.

Para Raisa, mi alumna de italiano y estudiante del último año de psicología, el mejor (¿cómo pudiera no serlo?) es Franz Kafka que aborda siempre la angustia del hombre (La Metamorfosis, El Proceso, La Colonia Penitenciaria, etc.).

Yo…tengo mis dudas. Para mí el mejor es Pepe, si, Pepe que, por supuesto, no es tan conocido como ellos, pero es mejor. Y como no se trata de que me crean así no más, les voy a transmitir el cuento que me hizo Pepe…y digan ustedes mismos si es no verdad que Poe y Kafka apenas se le acercan.

Pepe se licenció del ejército un día del año 1970 aquí en Cubita la bella. Poco tiempo después comenzó a trabajar en una empresa de perforación y extracción.

Por aquel entonces era un joven jovial, medio rubio y de ojos azules, de mediana estatura y con muchas ganas de trabajar y hacer su vida. Conoció a una linda compatriota de “ojos color café” y bella voz para el canto que lo cautiva…y lo lleva al altar…digo, a la notaría, porque Pepe en aquella época aún era de los “comecandela” y éstos no estaban autorizados (aun) a relacionarse con el Supremo Hacedor.

Para vivir con su flamante esposa, Pepe necesitaba casa. Y se alista en el segundo envío de su empresa, en al año 71, para las micro brigadas de la construcción, donde trabajará por alrededor de tres años, meses más o menos.
“Cuando pensaba que me iban a dar casa – me relata mi cuentero mayor – me di cuenta que necesitaba muebles pero, ni los había en ningún lugar donde pudiera conseguirlos, ni tenía el suficiente dinero para comprarlos de haberlos habido. Entonces la solución era…fabricar yo mismo mis propios muebles.

Así las cosas – continúa Pepe – con el piso de la carroza del carnaval de ese año del Ministerio de la Minería y el Petróleo, puse manos a la obra con el juego de cuarto e hice la cabecera de la cama como pude.

Un bastidor regalado y cuatro ladrillos dieron más o menos forma al lecho nupcial. Utilizando una colcha y un colchón de una cuna, nos hicieron uno camero, con sacos de yute por dentro y una cubierta externa de sacos de harina.

Luego de algunas gestiones que dieron como resultado algunos pedazos de cabilla, hice las patas de las sillas y de la mesa, utilizando como madera un buró (regalo de un tío mío) y algunas cajas de embalaje de motores de perforación. Varias de estas últimas conformaron las gavetas de la cómoda donde en cualquiera de sus partes podía leerse “Made in URSS”.

Cuando al fin le dieron a mi interlocutor el derecho a rentar un apartamento ni él mismo sabe cuántos días había trabajado de sol a sol durante todos esos años.

Al mudarse pudo poner en la sala la mesa y las cuatro sillas de cabillas. Estas últimas eran rectas y no soportaban estar sentados en ellas por mucho rato.

En el cuarto de los niños que ya tenían, colocaron un pin-pan-pun cuyo colchón también era de colchas forradas. El escaparate de la niña no tenía mejor suerte: era una taquilla de desecho de un club playero.

Lucila, la esposa de Pepe, tenía que salar la carne (que entonces todavía vendían por la libreta de racionamiento), pues no tenía refrigerador.

Ahora había que ir a la zafra azucarera, y allá va nuestro héroe. El tío le arma un televisor a partir de otros fuera de servicio que fue comprando por piezas.

A veces, cuando se sentaban a ver a novela, la tele no se veía por problemas de voltaje. Designaron al aparato con el nombre de “la mala hora” porque entonces no podían ver la novela.

La cocina no se la “autorizaron” hasta seis meses después, y en el ínterin cocinaron en un reverbero de alcohol. Más tarde, le darían la cocina, pero no los balones de gas sino hasta otro grupo de meses más tarde.

También era un cuarto piso y el agua la traía un camión cisterna. Cuando esta no venia, había que subir el líquido elemento con cubos y a soga.

Al llegar a este punto, le dije a Pepe que parara, pues ya me había convencido. Pepe se me quedó mirando como quien tiene mucho más que decir, como quien aún guarda las cosas más duras y tétricas, pero yo no lo dejé continuar.

El era ya para mí el mejor. Y no porque expusiera su relato de mejor manera que Poe o Kafka, sino porque lo de él era realidad vivida y no emanaciones cerebrales de mentes privilegiadas para la narrativa y, como aquel famoso tribuno de la revolución francesa, Pepe, a pesar de todas las barbaridades a las que fue obligado a someterse, había logrado…sobrevivir.


 


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