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Enigmas de la sucesión
23-11-2006,    Alfonso, Pablo

En las últimas semanas han sido frecuentes las declaraciones de altos funcionarios de la dictadura castrista, sobre el estado de salud de Fidel Castro. Frecuentes y contradictorias.

Aunque la mayoría asegura que el paciente mejora dia a dia y su convalecencia marcha según lo esperado, otros expresan dudas sobre su retorno al poder, o su participación en los festejos que se organizan en La Habana para los próximos días.

Como se sabe el 80 cumpleaños del dictador fue pospuesto el 13 de agosto, para celebrarlo durante la primera semana de diciembre. La fanfarria cumpleañera que corre a cargo de la Fundación Guayasimín está prevista, del 28 de noviembre al 1 diciembre.

Un desfile militar el día 2, servirá de colofón a los festejos y para conmemorar el 50 aniversario del desembarco del yate Granma; desastre expedicionario que el aventurero argentino Ernesto Guevara calificó en su momento como `naufragio`.

Mientras los analistas deshojan la margarita y los dirigentes de la dictadura intentan desinformar con sus mensajes, Castro permanece como una esfinge presente en el proceso de sucesión. Dicho más claro, en esa sorda lucha por el poder, en el pulso no publicitado que mantienen los sectores civiles y los jefazos militares.

De la cúpula militar se ha hablado mucho en los últimos tiempos. De los civiles mucho menos. Algunos señalan a su cabeza más visible, como Ricardo Alarcón, presidente de la Asamblea Nacional del Poder Popular.

Teñido de un nacionalismo radical, Alarcón es el diplomático cubano más brillante con el que ha contado la dictadura desde la época de Raúl Roa, en la década de los 60'. Es quizás también, el más inteligente de los miembros de la cúpula gobernante y partidista.
¿Qué poder real posee? No mucho. Apenas el que le otorga una caricatura de asamblea legislativa, que se apoya en una institucionalidad constitucional, poco respetada por quienes manejan a un tiempo los fusiles y los resortes del poder económico.

Mal atrincherado en esa ''legalidad'', Alarcón insiste, como declaró recientemente a un diario de Oviedo, España, que `` Cuba seguirá adelante porque así lo garantizan los resortes del Estado. Cuando llegue el momento, la asamblea elegirá al futuro jefe de Estado como eligió en su día a Fidel Castro''.

Una declaración que equivale a esclarecer que el sucesor designado, Raúl Castro, es sólo eso: un designado, provisional, que requiere la legitimidad de la Asamblea...`cuando llegue el momento''.

El problema para el ala civil del régimen es encontrar cómo apoyarse en esa precaria y poco respetada legalidad institucional. Si fuera cierto que Alarcón es su cabeza visible, el futuro civil de la isla está en un serio riesgo.

Hombre del círculo cercano de Fidel Castro, Alarcón quedó excluído en la `repartición de poderes` que se produjo cuando el dictador cayó enfermo. Ese desamparo ya había comenzado algún tiempo atrás; justo cuando en la cúpula del poder se supo que la estrella de Castro se apagaba y de ella sólo llegaban a la maquinaria del poder, pálidos destellos.
Comparto con algunos analistas mis dudas sobre la disposición o posibilidad de Alarcón, para jugar un rol importante en la sucesión del castrismo.

Un político occidental, muy bien informado en el tema de Cuba, me comentaba hace algunos días que Alarcón estaría pensando en retirarse para cuidar a su esposa, enferma de Parkinson. Quizás, antes de que concluya su período al frente de la Asamblea, en el 2008, podría ser enviado como diplomático al extranjero.

Hoy por hoy, Alarcón vive en La Habana en condiciones muy diferentes a la del resto de la cúpula dirigente. Disfruta de menos privilegios: ''Lo tienen acorralado'', comentó mi fuente. ``Maneja un auto Lada del año 86, viejo y gastado, y hasta le quitaron la casa porque vive en el mismo edificio de la Asamblea Nacional''.

Hace algunos días, tras dirigir un seminario en las montañas orientales con el pomposo título de ''Gobierno y Democracia'', Alarcón recurrió al manido tema de la presencia de Castro en los festejos de su cumpleaños. Fue una declaración para mí enigmática y no carente de ironía, aunque tal vez con mucho sentido del humor: ''Depende de él, imagino que lo inviten'', dijo Alarcón. ¿Curioso, verdad?

 


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