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Fuego fatuo
28-01-2009, Jorge Olivera Castillo

Cubamatinal/ Querrán, otra vez, transfigurar la noche en día. La muchedumbre en una etiqueta para vender el patriotismo a precio de oro. Nuevamente el ardid de los actos litúrgicos enmarcados en los confines de la utopía.

A las puertas del 28 de enero los obreros de las carpinterías gubernamentales se apuran en cumplir con el pedido de los convocantes: miles de astas con un aditamento especial en uno de sus extremos para allí poner el fuego de las antorchas.

José Martí, el apóstol cubano, vuelve a ser el artífice ausente del espectáculo. Para la fecha se cumplirán 156 años de su natalicio y como es costumbre ya se ultiman los detalles para la coreografía.

Miles de jóvenes en las calles, sonrientes y con su estaca de madera coronada por el fuego tributando un homenaje teñido de espontaneidad. Es lo que dictan las ordenanzas oficiales y un rosario de circunstancias que obligan a la mansedumbre y a la complicidad.

En la memoria de todos los espectadores debe quedar impresa la imagen de un pueblo identificado plenamente con su gobierno. Con esas multitudinarias manifestaciones, ¿quién va creer en las noticias que indican un alto nivel de desaprobación de la sociedad respecto al desempeño del régimen de partido único?

Esto, aunque cueste admitirlo, ha repercutido y repercute en la relativización de la realidad nacional más allá de tales escenificaciones. Nadie, sobre todo, los menos familiarizados con los pormenores de lo que ocurre fronteras adentro, puede concebir que a pesar de los rigores existenciales haya personas dispuestas a enrolarse en las convocatorias de organizaciones afines al régimen.

Es realmente complicado explicar, desde una perspectiva lógica, cómo es posible que en 50 años bajo la tutela del partido comunista, millones de personas continúen sirviendo al reciclamiento de la legitimidad de una élite en la que no creen.

Si algo asombra no es el hecho de que un país haya sido objeto de una manipulación de tal magnitud, sino en el tiempo que ha transcurrido sin apenas cambios en el modo de utilizar las personas a la manera de marionetas.

El 28 de enero próximo el mar humano inundará parte de La Habana. Debajo de las sonrisas y del calor de las llamas de las antorchas quedará otro testimonio de lo que no debió haber sucedido en la historia de Cuba.

El apóstol, más que un vano homenaje, necesita de devociones marcadas por la sinceridad y por un espíritu de verdadera sintonía con valores perdidos entre burdos amoldamientos coyunturales.

En este interminable encadenamiento de símbolos la proporción numérica ofrece los hilos de una pista falsa. Una cascada de frases revolucionarias, invitaciones al sacrificio y a otros compromisos que saldrán entre el resplandor de las pequeñas fogatas, nada o muy poco tendrán en común con la virtud, ni las emociones genuinas.

Para consolidar las afirmaciones, es suficiente empinarse por encima del elemento causal de la actividad.

Gritar una consigna no significa una adhesión fidedigna a su naturaleza; repetir un eslogan tampoco invita a creer en una fidelidad a prueba de dobleces; enarbolar una pancarta con una sentencia progresista no certifica que el portador este plenamente identificado con esa línea de pensamiento.

No es lo normal, pero así es en Cuba. Un país difícil de entender por la suma de eventos contradictorios.

Existen hoy día miles de cubanos que odian a José Martí. La dictadura se apropió de su pensamiento adaptándolo a su filosofía. Lo ven como cómplice de su desgracia.

Unas de las tareas impostergables en el futuro será purificar el legado del prócer cubano. No será asunto fácil. Demasiado tiempo en el fango


* Sindical Press, diseminado por Payo Libre

 

 


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