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Cuba y su Realidad Social 30-03-2017

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 Por una nueva concepción de la sociedad, el estado y el derecho cubanos
12-01-2009, Faisel Iglesias

 Ensayo: Por una nueva concepción de la sociedad, el estado y el derecho cubanos

Cubamatinal/ "De pensamiento es la guerra mayor que se nos hace: ganémosla de pensamiento." , Jose Marti


Hace apenas 500 años el Verde Caimán del Caribe, la Isla Hembra- así es llamada Cuba por los poetas, quizás por verde, estrecha y larga, como si flotara siempre, siempre poseída -, estaba habitada por aborígenes a quienes la benevolencia del clima les permitía vivir sencilla y naturalmente como si todo el cuerpo fuera la cara.

La civilización, sin embargo venía de antaño. El mundo se había dividido en la concepción oriental, que ha seguido un desarrollo colectivo, colectivizante, de hombres que de servidores de la sociedad han devenido en servidos por los pueblos, cuyos más claros ejemplos lo han sido, a través de la historia, los regímenes despóticos de Egipto, Mesopotamia y La China, en la antigüedad, y en la era moderna los gobiernos totalitarios de Europa del Este y China; y la concepción occidental, que ha procurado el desarrollo de la propiedad privada, del individuo, y que con el cristianismo no sólo se hermanó espiritualmente, sino que además, encontró la sabiduría que le ha permitido ser la vanguardia del universo, convencido de que el soberano es el hombre, porque Dios nos hizo a su imagen y semejanza.

Europa, espacio vital de occidente, había disfrutado de una unidad estructural; la que le ofreció el imperio romano, que no sólo fue un hecho militar, una fuerza política, sino un movimiento civilizador, creador de humanidad, de sociabilidad, de vida en común, del derecho romano, que llegó a tener por más de mil años la esencia de toda una cultura en un idioma común; el latín. La Europa, que al día siguiente de la caída del Imperio Romano, retomó el viejo sueño de la unidad. Y lo buscó por el único medio eficaz de la época: la guerra. Sueño que va a tener sucesivas tentativas desde Justiniano a Carlo Magno, y hasta en la frontera misma de nuestro tiempo. Y fracasaron felizmente, porque lo que hubiera salido del sueño hubiese sido la pesadilla de una Europa maltrecha, excluyente, como consecuencia de la superioridad transitoria de algunos elementos y el sometimiento de otros. En fin, una Europa incapaz para el entendimiento, la asimilación y la cooperación.

El desarrollo científico del siglo XV, le permitió al Viejo Continente, "buscar nuevas rutas para el comercio" por lo que en 1492, el más iluminado de los almirantes vio la tierra más fermosa que ojos humanos han visto, con la ignorancia de creer que Haití era Cipango y que Cuba era la China, y que los habitantes de Japón y China - entiéndase Haití y Cuba - eran los habitantes del país de las vacas sagradas, y todos, aún hoy, lo nombramos el Descubridor, como si los primeros pobladores, que habían llegado saltando de isla en isla a través del Mar Caribe, no conocieran la tierra que pisaban sus plantas desde la Punta al Cabo.

Colón, el precursor de la cristianización de América - a costa del sacrificio de los nativos y sus valores - había expresado su intención de coronarse virrey de las nuevas tierras. Y, en su diario escribió la palabra oro 139 veces y la palabra Dios o la frase Nuestro Señor sólo 51, y el 27 de noviembre de 1492 consignaba: "tendrá la cristiandad negocio en ella".

Para muchos el Descubrimiento, el Encuentro entre dos Mundos o el Nacimiento de América - hay cosas para las que no hay nombres -, fue un hecho simplemente reaccionario, y para algunos, hasta casual, como si los fenómenos sociales, complejos y simultáneos, no fueran el producto de infinitas causas. Cada época histórica tiene su propio discurso. Hoy no es fácil asimilar que Cristóbal Colón no sea el Descubridor de América, pues entonces Humbolt no sería el Segundo, como lo proclamamos nosotros mismos, sino el Tercero, y el sabio Don Fernando Ortíz no sería el Tercer Descubridor de Cuba, sino el Cuarto. ¡Que sería de nuestra historia sin el mito de las Tres Carabelas!

LA IMPLANTACIÓN DEL EL ESTADO Y EL DERECHO EN CUBA

Abierto el camino por Cristóbal Colón, se apareció, tras su ruta, en 1512, por el oriente del largo lagarto verde, Diego Velázquez, capitaneando a trescientos hombres, los que, por sus procederes, santos y señas más bien reflejaban venir de las entrañas dantescas de las cárceles de la época (sin menospreciar a algunas de las de nuestro tiempo) que de un puerto de la Española - nombre que le daban entonces los conquistadores a la original Quisqueya, hoy la hermana República Dominicana-.

A fuerza de fuego, espada, enfermedades y muerte implantaron - diz que en el nombre de Dios -, una sociedad, estado y un derecho extraños, culminantes de una realidad foránea especialísima, que la -¡siempre!- isla de Cuba no vivía. Fue una sociedad apenas sin elementos, un estado y un derecho precarios, donde se confundían las potestades políticas, militares y en algunos casos las judiciales, en los mismos funcionarios y que, trescientos años después, en los albores del siglo XIX, se mantenía con insignificantes variaciones. No fue hasta el año 1812, en que al darle las Cortes de Cádiz una constitución a la península que se extendió a la isla, Cuba no contó con una carta magna, en el sentido moderno de la palabra, creadora de supremas instituciones, teniendo nuevamente - ¡Oh, destino ! - la Perla de las Antillas, que acomodarse, incluso estructuralmente, a las imposiciones extranjeras.

LA NACIONALIDAD CUBANA
Con los conquistadores, los negros traídos como fuerza de trabajo esclava, lo autóctono sobreviviente, el amor - "que convierte en milagro el barro" - y otras circunstancias históricas, fue naciendo la nacionalidad cubana, la que al llegar a determinado grado de desarrollo, y en medio de una crisis general - los terratenientes azucareros, especialmente la zacarocracia oriental (significativamente los Padres de la Patria), estaban endeudados y a punto de perder sus ingenios-, exigió la independencia de la metrópoli. Para la magna tarea no era suficiente rechazar y enfrentar el colonialismo en busca de una victoria heroica, sino que era imprescindible trascenderlo. La joven intelectualidad criolla - hijos de españoles, amamantados (¡Oh, amor madre!) por nodrizas esclavas -, se fueron a las mejores universidades del mundo a fin de apoderarse del pensamiento más avanzado.

El trabajo creador, el desarrollo de las ciencias y el fomento de las artes, no como instrumentos de voluntades transitorias, sino en busca del equilibrio, lo bello, lo justo, la verdad, en fin como dadoras de más naturaleza, de otro camino hacia Dios, llevó a los mejores cubanos a esa síntesis - resumida en la bondad de Aguilera, en el arranque de Céspedes, en el genio de Gómez, en las heridas y la piel de Maceo, en la concepción de Agramonte, en el ideal de José Martí y el sacrificio de todo un pueblo de procurar hacer al hombre soberano de sí mismo, ciudadano del mundo, capaz de, a partir de su plenitud, donarse, socializarse, trascenderse.

CÉSPEDES Y/O AGRAMONTE; MARTI

Carlos Manuel de Céspedes, cuando la realidad era insoportable y la dignidad humana y nacional eran pisadas por el arcaico, explotador y cruel sistema colonail, mientras muchos vacilaban, como con fuerzas tremendas, venidas de las entrañas imperfectas de la tierra, se lanzó a todo galope a conquistar la independencia a filo de machete, convencido de que con sólo 12 hombres bastan para lograr la libertad de Cuba, proclamandose Capitan General del Ejercito Libertados de Cuba, mando centralizado, para asegurar el triunfo de la revolución independentista, como paso previo a la república democrática.
Ignacio Agramonte, meses después, en el potrero de Guaímaro, en la Constituyente de la primera República en Armas - ¡el Belen institucional de la Nación Cubana! -, liderando a un grupo de intelectuales liberales, se opone resueltamente a Céspedes, pretendiendo una organización institucional que garantizara no sólo la independencia de Cuba, sino la liberación de los cubanos, el sometimiento del mando militar al poder civil -¡aún en plena guerra!- y proclama el imperio de la ley, y que el soberano fuese el ciudadano.

Triunfó Agramonte, pero se perdió la guerra. Desde entonces la nación cubana, se pregunta: ¿Céspedes o Agramonte? Tanto una táctica como la otra es eficaz; todo depende de las circunstancias: Céspedes para la guerra, para la paz, Agramonte. Sin embargo los cubanos siempre hemos sufrido el desatino. En la Guerra Grande sometimos el mando de las batallas a las lentas resoluciones del parlamento de manigua y en los tiempos de paz, a que nos gobierne la manus militari.
José Martí, futuro lider de la independencia y de la espiritualidad de la nación, que en tiempos de la Guerra Grande, apenas un niño, había ido a la cárcel y escrito allí bellos versos y estremecedores relatos, andaba por el mundo cargado de nostalgia, soñando la patría - "Vivir por Cuba en cuerpo y alma no es lo mismo que sobrevivir en Cuba en carne viva." - con la fuerza de un creador divino, se lanzó, cargado de ideales a entrelazar las ramas de los pinos nuevos con los viejos robles a fin de hacer la que él mismo llamara la guerra necesaria.

[...] O la república tiene por base el carácter entero de cada uno de sus hijos, el hábito de trabajar con sus manos y pensar por sí propio, el ejercicio íntegro de sí y el respeto, como de honor de familia, al ejercicio íntegro de los demás; la pasión, en fin, por el decoro del hombre, - o la república no vale una lágrima de nuestras mujeres ni una sola gota de sangre de nuestros bravos. Para verdades trabajamos, y no para sueños.

José Martí, viendo colonias en las recién nacidas repúblicas de latinoamérica, dada la autoridad personal y las disensiones por la falta de intervención popular y de hábitos democráticos en su organización, advirtió que "no se funda un pueblos como se manda un campamento", pretendiendo llevar el pensamiento civilista de Ignacio Agramonte a las más altas cumbres.

El hombre consciente de la necesidad de gobernar al país conforme al conocimiento, para liberarlo de tiranías y que soñó fundar "en el ejercicio franco y cordial de las capacidades legítimas del hombre, un pueblo nuevo y de sincera democracia, capaz de vencer, por el orden del trabajo real y el equilibrio de las fuerzas sociales, los peligros de la libertad repentina", el primer día de combate, convencido de que todo el que da luz se queda sólo - "puedo morir mañana", escribio en la página anterior a Dos Ríos -, cayó de su caballo mortalmente herido para levantarse un mito, hasta hoy inalcanzable para los cubanos. "Qué has hecho, Maestro?", exclamó Rubén Diario.

LA REPUBLICA

Muerto Martí y los fundamentales líderes de la gesta independentista y Gómez anciano y con complejos de extranjero se apoderaron del país los generales y doctores. Hubo extraordinarios avances en la economía y la cultura. De apenas millón y medio de habitantes en 1902 y de una economia arrazada por la guerra y la tea de los Generales Invasores, ya en 1930 la población rondaba los cinco millones de habitantes y se producían cinco millones de toneladas de azúcar. Sin embargo se imponía el héroe al ciudadano y el dinero a la dignidad humana. Había más conciencia de la soberanía nacional que del supremo concepto de que el soberano es el hombre. En consecuencia Cuba desembocó en una nueva contienda; La Revolución del 33.

Después de mucha sangre generosa y venganza, se inicio una etapa de cierto equilibrio social, creadora entre otras cosas, de la trascendente Constitución de 1940, que no sólo fue un esfuerzo nivelador, sino además, precursora en derechos humanos, en la consagración de la función social de la propiedad, oponiéndose al latifundio, reconociendo al derecho como ciencia social autónoma capaz de ejercer su imperio al servicio de la pluralidad política y social de la nación, al constituirse en un poder verdaderamente independiente, procurador de sus propios funcionarios, al margen de ideologías e intereses políticos coyunturales. Más la sociedad estaba infectada por la intolerancia, la corrupción, el odio. Y la constitución de 1940, dada la influencia de los comunistas y de una generaación de jóvenes idealistas y revolucionarios, reflejaba ser él un proyecto ideológico, donde el estado se responsabilizaba con garantizar derechos que en la realidad les resultaban imposibles. La Constitución fue letra muerta.

En 1959, a pesar de la guerra contra Batista, los cubanos teníamos un auto por cada 40 habitantes, el transporte público pasaba cada tres o cinco minutos en las zonas de mayor concentración de población, un teléfono por cada 38 personas, 270 estaciones de radio, 23 canales de televisión (una de ellas en colores), 27 000 empresas mayoristas (el 80% cubanas), 200 000 minoristas (85% cubanas), 2 340 establecimientos industriales con una producción de mil millones dólares y el ingreso per cápita era el quinto en Latinoamérica y el treinta y uno en el mundo, según el historiador Levi Marrero.

A pesar de las virtudes institucionales, del talento y la creatividad de los cubanos, imposibilitados la mayoría de los hombres de lograr la grandeza espiritual del Apóstol, probada la incapacidad de la concepción de la tripartición de poderes para evitar la corrupción administrativa, en un país donde el estado se implantó como instrumentó de fuerza, saqueo y exterminio, mucho antes de que naciera la nacionalidad, por lo que históricamente se visto como enemigo de los intereses del pueblo en vez de instrumento a su servicio, los grupos de poder comenzaron a comandar la Patria a fin de someterla a sus voluntades y en muchos casos a los más mezquinos intereses.

ADVERTENCIA DEL POETA SURREALISTA Y LA IGLESIA CATÓLICA

Sólo la Iglesia católica, la más vieja institución, con su sabiduría milenaria y un hombre de la sensibilidad e intuición de André Breton, poeta del surrealismo, capaz de "presentir, descubrir, oír, viajando en una guagua habanera, caminando por las calles y barrios, sintiendo la entre tierra de la gente", podían prever, coincidentemente el mismo año, 1947, cuando todo el mundo estaba ciego, o no querían o no les convenía ver, que las dramáticas contradicciones que vivía La llave de Las Américas, avizoraban un desenlace tremendo. "En este país se siente venir una revolución", dijo el poeta y el Papa Pío XII, en una alocución radial al pueblo de Cuba advirtió: "Ustedes se sienten orgullosos, y con justa razón, de haber nacido en la que alguien llamó la tierra más fermosa que ojos humanos vieron, en la Perla de las Antillas. Pero en esa misma bondad del clima, en esa exuberancia y placidez se anida el peligro. Me parece ver que por el tronco altivo de la palma real, que se mece con donaire, se desliza la serpiente tentadora... Si no hay en ustedes una vida sobrenatural fuerte, la derrota será segura."
Cardenal Jaime Ortega, Arzobispo de La Habana, nos recordaba en su visita a Venezuela, a principios de 1995, que el Papa se daba cuenta que los cimientos de la Patria no estaban terminados de forjar, que no percibíamos los grandes desafíos de la historia, nuestra responsabilidad nacional y hemisférica.

LA REVOLUCIÓN CUBANA ANTE UN MUNDO BIPOLAR

El triunfo de la revolución de 1959, en medio de la Tercera Guerra Mundial, conocida como la Guerra Fría - época en que la humanidad vivía en la asfixiante atmósfera de la paz del miedo nuclear -, el sentimiento antiimperialista de un sector importante de la sociedad, dada la existencia de un capitalismo despiadado, sin plena conciencia social, que ignoraba e impedía la vigencia de la Constitución del 40, legítimo fruto de la voluntad popular, la aspiración del partido comunista de tomar el poder e implantar la "dictadura del proletariado", - !sin proletarios! - las hábiles manipulaciones de la "Internacional Stalinista", junto al voluntarismo y a la vocación dictatorial de Fidel Castro, y la intolerancia de los gobernantes norteamericanos, comprometidos entonces con los gobiernos más corruptos y retrógrados del mundo, entre otras cosas, condicionaron el alineamiento de Cuba al Campo Socialista, el cual tenía una concepción monista del estado y consideraba al derecho un instrumento - y por tanto sin valores propios - del poder político.

Cuba salía así de su hábitat natural, su espacio histórico-cultural, el hemisferio occidental y asimilaba una concepción de la sociedad, el estado y el derecho orientalista, inquisitiva, semifeudal, autocrática, zarista, con un poco de socialismo utópico y filosofía alemana y, por supuesto, con mucho del clásico dictador latinoamericano, cometiendo el error histórico, del que nos había advertido José Martí hace más de cien años, de copiar doctrinas y formas foráneas de gobierno.

LA CONCEPCIÓN ARCAICA DEL ESTADO Y DEL DERECHO SOCIALISTA

El Campo Socialista fundado y liderado por la entonces Unión Soviética, tenía su base en la Rusia de la Revolución de Octubre. La Rusia feudal en pleno siglo XX, que comenzaba a abrirse al modernismo cuando ya occidente se estaba despidiendo de él. La Rusia que no había recibido aún, de manera eficaz, las influencias del derecho romano, del renacimiento, del iluminismo, del movimiento enciclopédico, de la revolución industrial inglesa, y mucho menos de la revolución francesa y de la concepción tripartita de los poderes del estado, que ésta le legó al mundo en las ideas de Montesquieu. Rusia sólo había conocido la Duma, especie de parlamento sometido, legalizador por unanimidad viciada de la muchas veces ilegítima voluntad del Zar, antecedente histórico de las mal llamadas asambleas populares de los países socialistas totalitarios.
Rusia no había conocido una Constitución. "Sólo una vez, en noviembre de 1917, hubo un parlamento votado libremente, pero sin llegar a reunirse", nos recuerda Michael Morozow, en su obra, "El caso Solzhenitsyn" El pueblo ruso carecía de una tradición de opinión pública. Sus pensadores estaban en la literatura, y sus vidas eran trágicas: Pusckin fue asesinado por una camarilla de cortesanos aliados a Nicolás I; Lermontow murió en un duelo; Gogol quedó medio loco luego de una huelga de hambre; Rylejev fue ahorcado. Incluso, después de la Revolución de Octubre de 1917; Blok murió de inanición en Petrogrado; Essinin se ahorcó en una habitación de un hotel de Leningrado después de escribir su último poema con sangre en la pared de la habitación; Majakowki se suicidó de un balazo en la cabeza; Gumilow fue fusilado; Máximo Gorki elige el exilio voluntario por 10 años, y más recientemente Boris Paternaf y el propio Solzhenitsyn reflejan en sus propias vidas el drama de todo un pueblo.

El comunismo soviético, era pues una sociedad dirigida por el Estado, que trataba de fundir todos los ámbitos en un sólo bloque monolítico e imponer una dirección común, desde la economía hasta la política y la cultura, mediante una sola institución, el Partido. El arte, la cultura, expresión real de los valores de una sociedad, se vieron aniquilados por un Estado que no permitía crear sino a favor de sus intereses políticos coyunturales. La tierra de la otrora extraordinaria cultura rusa, una de las más importante de principios del siglo XX, venida la Unión Soviética, no creó una arquitectura trascendente, a no ser la de "tipo pastel" de la era estalinista, y reprimió a los músicos y a los escritores. A tal frustrante realidad se le rindió culto, dentro de una corriente ideoestética denominada Realismo Socialista, que ha constituido un de los legados culturales más pobres que ha conocido la humanidad.

LA ÚLTIMA EXPRESIÓN DEL MODERNISMO

La edad moderna, cuya obertura fue el renacimiento, vivió desde la época de la palabra impresa hasta la era del lenguaje digital, desde el Siglo de las Luces hasta el Socialismo, desde el positivismo hasta el cientificismo, desde la revolución industrial hasta la revolución informática, bajo el signo del hombre que, en tanto cumbre de todo lo existente, era capaz de descubrir, definir, explicar y dominarlo todo y de convertirse en el único propietario de la verdad respecto al mundo. El Bloque Socialista, la última expresión del modernismo como era, donde se creía que el universo y el ser representaban un sistema capaz de ser explorado por completo, era además dirigido por una suma de reglas, directrices o sistemas que, se pensaba, el hombre iría dominando y orientando a su beneficio. Eran los tiempos del propósito de la sociedad ideal: el comunismo, en virtud de una doctrina (el marxismo-leninismo) que se consideraba la verdad científica, según la cual se debía organizar la vida.
"Dos peligros tiene la idea socialista, como tantas otras - había advertido ya José Martí desde el siglo pasado -: el de las lecturas extranjerizas, confusas e incompletas, y el de la soberbia y rabia disimulada de los ambiciosos, que para ir levantándose en el mundo empiezan por fingirse, para tener hombros en que alzarse, frenéticos defensores de los desamparados."

Ya en 1887, John Rae, en su libro Contemporary Socialism (obra de consulta de José Martí) expresaba "El comunismo lleva a todo lo contrario de lo que pretende alcanzar; busca igualdad y concluye en la desigualdad, busca la supresión de los monopolios y crea un nuevo monopolio, busca aumentar la felicidad humana y en realidad la reduce. Es una utopía, y ¿por qué es una utopía? ... Porque la mayor igualdad y la mayor libertad posible sólo pueden lograrse juntas"

La caída del muro de Berlín significa pues, no sólo la derrota del campo socialista (marxista-leninista) en la Guerra Fría, la victoria de los valores occidentales en el planeta, sino el agotamiento de la era moderna, la era de los mitos, las ideologías, los partidos de políticas doctrinarias, aspirantes a la "toma del poder", y el inicio de una era de circulación de ideas, información, concertaciones, una era sin fronteras, sin distancias, de internacionalización de los procesos productivos y de la soberanía de los individuos; la posmodernidad.

LA ERA POSMODERNA

La revolución informática, los satélites, la televisión, la cosmonáutica, los teléfonos celulares, han roto las fronteras, disminuido las distancias, multiplicando la información, las versiones, acelerando los procesos de análisis a niveles de velocidad tales que la inmediatez se ha convertido en un factor operativo fundamental. Un movimiento conocido como "nueva epistemología" o "epistemología alternativa" contribuyó a modificar la idea que hasta entonces se tenía de las ciencias y de los mecanismos que la configuran. Este tránsito de una época a otra, está vinculado además, a una serie de acontecimientos sociales, políticos y culturales que han contribuido a moldear los nuevos tiempos: la lucha por los derechos civiles, el ambiente, etc.

LA DEMOCRATIZACIÓN DE LA ECONOMÍA

Democracia - se sabe desde antaño por los Griegos-, es el poder del pueblo; limitarla a la política es menguar el concepto. La tarea histórica de los pueblos a través de la historia ha sido ampliarla cada día. Los principios que inspiraron la declaración de los derechos del hombre reconocen el derecho inalienable de los pueblos a participar activamente en todas aquellas decisiones que les afectan. Sin embargo, los políticos, científicos, e incluso la sociedad civil, incluyendo los sindicatos continúan con el insuficiente discurso de hace más de doscientos años de "desarrollo económico y democracia política."

Existe un peligroso e ilegitimo desbalance entre el poder ejercido democráticamente por los pueblos a través de su participación en la política y el poder de las corporaciones en virtud de la fuerza del capital.

El capitalismo, sin embargo, al no exigir una fe total, al no ser un fenómeno esencialmente ideológico, sino básicamente un sistema socio-económico, es compatible con la democracia política y económica. Las fuerzas de la democracia, que están en la libertad, son a menudo independientes y anteriores al capitalismo, más no se niegan entre sí, a diferencia del esclavismo, el feudalismo o del socialismo leninista, donde el hombre no es más que un apero de trabajo, un instrumento parlante, un mero creador de riquezas para el Señor o un simple medio para lograr la sociedad soñada por los "iluminados". La conversión de una sociedad de proletarios a una de propietarios capitalizando trascenderá las relaciones de producción, mercado, adquisición y justicia social conocidas hasta el presente en pro de del mejoramiento humano.
En la sociedad posmoderna, el orden político debe hacerse cada vez más autónomo y la administración del orden más independiente del capitalismo. El mercado, que surgió como una fuerza de la clase burguesa para organizar la producción a su manera, como una forma de presión contra el poder del Estado y los monarcas, además de un mecanismo de circulación y asignación de bienes, con la internacionalización de los procesos productivos, la revolución científica, la informática, en un mundo sin fronteras, sin distancias, puede ser un instrumento nivelador, de liberación, de una nueva categoría de la justicia. No es casual que las grandes zonas comerciales hayan sido a través de la historia los lugares de mayor fuerza creativa, de desarrollo.

El capital, unido a una democracia que regule los elementos de la economía, que garantice la soberanía del hombre y le permita su desarrollo, como fin primero, enfatizando el aspecto social, será vigente en la nueva era, pues el capitalismo, por su naturaleza no puede ser un monopolio total. El capital regido por la democracia conforma una sociedad plural, flexible, capaz de mutaciones.

La democracia política occidental, en el concepto moderno, apenas tiene doscientos años y a ella se debe indudablemente el desarrollo que se ha logrado en el mundo en nuestro tiempo. Sin embargo, viejos conceptos financieros, de la propiedad, de las inversiones, de las relaciones internacionales, un menosprecio al valor del trabajo con relación al capital, entre otras cosas, han imposibilitado que en la economía haya sucedido lo mismo.

La globalización de la economía, si bien es cierto que por un lado concentra cada vez más el poder inversionista, por otro, en una favorable contradicción dialéctica, no hace lo mismo con los procesos productivos e industriales. Las fábricas se van allá, adonde les queda más cerca la materia prima, la fuerza de trabajo más barata, al antes inhumanamente explotaban para extraer materia prima, Es allí donde está el nuevo consumidor. En los países pobres, a los que en el pasado sólo iban a buscar materia prima y a llevar la mercancía elaborada en los grandes centros industriales de los países ricos. En consecuencia los problemas del empleo y demás efectos negativos que lógicamente trae cualquier progreso, los sufrirán lo mismo los pueblos de los países pobres que los de los países reconocidos en la actualidad como ricos. Las fuerzas sociales de todo un mundo sin fronteras exigirán entonces, a través de sus gobiernos, de sus instituciones civiles, políticas, económicas, en fin, de todo tipo, la búsqueda de soluciones. Un ejemplo lo ha sido cómo determinados centros financieros, estimulados por sectores sociales ofrecen ayuda técnica y les garantizan mercado.

En los últimos tiempos en Estados Unidos, España y en otros países han triunfado grupos de vecinos, de amigos, de profesionales que han logrado convertirse en trabajadores y dueños, servidores y servidos de sus propias empresas, lo que ha significado un impulso a un proceso de democratización económica, que según muchos estudiosos, al fin, derrotará a las viejas oligarquías económicas que como a las políticas, con el progreso de las ciencias y la democracia, perdieron su vigencia histórica. La era posmoderna exige, además de la plenitud del individuo, de la fraternidad humana, de la igualdad de todos los ciudadanos ante la ley, una evolución conceptual, donde el trabajo adquiera su justo valor ante el capital, donde no sólo habrá un capital al servicio de la sociedad, sino la sociedad capitalizando.

EL DERECHO EN LA POSMODERNIDAD

Yo quiero que la Ley primera de la república sea el culto de los cubanos a la dignidad plena del hombre.

En la era primaria el hombre se sometía sencilla y naturalmente a la voluntad divina. Eran inexplicables los fenómenos naturales y sociales. Con el tiempo inventó el derecho a fin de regular las relaciones sociales que nacían con el desarrollo, llegando a idealizarlo como "aquel que la razón natural establece entre los hombres", "el arte de lo bueno y lo equitativo", "la ciencia de lo justo y de lo injusto", "la voluntad constante y perpetua de dar a cada uno lo que le pertenece".

Con el tiempo, el hombre, que en su naturaleza lleva el "pecado original", conociendo las virtudes del derecho y sabiéndose poderoso sobre la tierra, advino entonces en utilizarlo como instrumento de su transitoria voluntad, imponiéndose siempre, por supuesto, los sectores dominantes. Ya en la antigüedad, Solón, el Legislador Ateniense había expresado que " [l]as leyes son semejantes a las telarañas, contienen a lo débil y ligero, y son deshechas y traspasadas por los fuertes y poderosos." Y más recientemente Carlos Marx, con su mínima, creída por muchos como máxima, lo repitió diciendo que "[e]l derecho es la voluntad de la clase dominante erigida en ley", negándole, por tanto, sus valores de ciencia. Sin embargo ya San Pablo en Romanos 2, Versículo 20 nos expresa "que tienes en la ley la forma de la ciencia y de la verdad". Desde entonces, y a través de todo el tiempo, se debate si el derecho es un instrumento de voluntades dominantes o una ciencia social autónoma, con sus propios valores, capaz de procurar la justicia, el equilibrio, lo bello, en fin, de crear más naturaleza.

Cuando el derecho comienza a responder a los fines inmediatos y particulares, a ser utilitario, se convierte en un instrumento que no necesariamente vela por la armonía de todos los valores y las cosas que componen el cosmos, sino más bien por la teoría del orden social que se fundamenta en la relación derecho-poder. El legislador comenzó a crear conforme a criterios temporeros, prácticos, esenciales para la protección de intereses dominantes. Las escuelas de Derecho demuestran una filosofía educativa inclinada casi totalmente a satisfacer las exigencias políticas de cada época, las demandas práctica de los estados.
En la primavera de 1997, en un encuentro de miembros de la judicatura española y profesores puertorriqueños, con los estudiantes de la Escuela de Derecho de la Universidad de Puerto Rico, el Decano del alto centro docente, Lcdo. García Padilla, hoy presidente de la Universidad de Puerto Rico, defendió la facultad de los gobernantes de nombrar los jueces superiores, porque según él, ello "contribuía a tener políticamente actualizada a la judicatura" ignorando que la política no es más que un instrumento ideológico que va a la zaga de las ciencias y las artes. Para más adversidad, el Profesor de Derecho Constitucional de la propia escuela, Licenciado José Julián Álvarez, se negó a considerar al derecho como una ciencia social. Es decir, para este profesor el derecho no es más que el dogma establecido.

En consecuencia, tanto la derecha, como la izquierda totalitaria, como sus respectivos intelectuales, han ido creando su propia personalidad fundamentalista, en el cual rige el principio de que el Derecho puede ser válido sin tener que ser justo, que puede haber, y de hecho la hay, legalidad sin legitimidad. Esa es la penosa realidad aún en los estados más desarrollados de occidente, que tienen su base en la revolución francesa, con su clásica concepción tripartita de poderes, donde el derecho es reconocido en lo que debiera ser pero, paradójicamente, las judicaturas aunque proclamadas "independientes", están sujetas a la voluntades de las esferas de poder.
En Francia la rama judicial está subordinada al Consejo de Estado; en Estados Unidos, los jueces superiores son nombrados - aunque de por vida - por el ejecutivo, con la aprobación del Congreso, lo que hace discutible predecir si sus fallos obedecerán a voluntades políticas coyunturales o a los valores de las ciencias jurídicas.

Las críticas de los movimientos revolucionarios del presente siglo a "las clases dominantes y explotadoras" lograron desenmascarar la naturaleza oportunista, y en consecuencia muchas veces corrupta, de los sistemas jurídicos del mundo entero. Sin embargo no pudieron trascenderlo. Todo lo contrario, el movimiento revolucionario se amparó en el marxismo el cual carece de una completa doctrina en filosofía. "No ha sido posible a partir de la metodología elaborada por Marx, establecer una línea de investigación y reconstrucción histórico-teórica en torno al Derecho, que sea siquiera, en cierto modo comparable, por su valor crítico, a la seguida por Marx en la economía política de El Capital". Para más gravedad, la izquierda internacional del siglo XX cometió el error histórico de someterse al liderazgo - quizás primero por las influencias de la Revolución de Octubre, devenida después, con el Stalinismo, en una pesadilla y también por lógica consecuencia de la Guerra Fría - de la extinta Unión Soviética, la que como todos los demás países socialistas, pecó siempre de revisionismo, de esquematismo, de formalismo, dogmatismo, y sobre todo de una perversa arbitrariedad justificada en la "dictadura del proletariado", que heredaba el cruel y autocrático sistema institucional ruso, que le impide al hombre el derecho natural a pensar, al consagrar constitucionalmente que el Partido Comunista es quien dirige y orienta a la sociedad, estado y gobierno.
Es la intelectualidad de izquierda que por sus prejuicios ideológicos, por oponerse a las políticas imperialistas de los sucesivos gobiernos de Estados Unidos, ignoran que la Constitución de Jefferson, es la única en el mundo que hace al hombre soberano de sí mismo y al estado en su instrumento, y por tanto el presidente puede ser juzgado por los tribunales y un juez de la menor jerarquía puede declarar inconstitucional a una ley, y evitar una guerra civil.
Tras el triunfo de la Revolución de Octubre, Lenin implantó la "dictadura del proletariado", sin proletarios (Rusia era, en pleno siglo XX, un estado feudal) y rápidamente degeneró en la dictadura de la burocracia del Partido Comunista. La tripartición de poderes de Montesquieu, fue considerada un aporte dañino de la revolución burguesa, que había no sólo que ignorar, sino que aplastar.

Abierta la Escuela de Derecho, a mediados de los años setenta a la nueva generación, comenzaron a integrarse a la vida judicial del país, a principios de los años ochenta, jóvenes ajenos a las culpas que crearon las causas del último drama nacional. Eran los tiempos en que aún quedaba vivo el recuerdo de un capitalismo despiadado, sin plena conciencia de la función social de la propiedad, y en el que, paradójicamente, se afirmaba en los resultados, la incapacidad del sistema socialista de producción y su centralizada planificación.
Este es el drama de la revolución devenida en marxista-leninista. Los hombres que pretendieron dominar la historia caen víctima de ella. Sepulta al hombre en sus circunstancias. Y es que para el estalinismo, método de gobierno de todos los países donde se desarrolló el mal llamado "socialismo real", la meta y aspiración liberadora y desalentadora cedió ante el avasallador movimiento inmediato. La necesidad del momento se convirtió en virtud de validez general, cercenando las posibles perspectivas humanistas.

Todo cambio comienza con la revolución pacífica de los valores de conciencia propia, clarificando los fines de nuestra conducta, sometiéndonos al escrutinio de la autenticidad.

En un debate desarrollado en la Habana, reflejando la crisis ideológica que en el campo del derecho plantearon los miembros de la Corriente Agramontista, el Profesor Titular de la Escuela de Derecho de la Universidad de la Habana, Dr. Julio Fernández Bulté (Controversia: ¿Qué esperar del Derecho?. Revista Temas, No.8,1997, pag.80. La Habana, Cuba.), reconocía "la falta de una completa doctrina del pensamiento marxista en jusfilosofía." Y continuaba: "[s]i examinamos la elaboración de ese pensamiento marxista, comprobamos que pecó casi siempre de revisionismo, de esquematismo, de formalismo - cuando no de dogmatismo...lo cual redujo casi toda la concepción del marxismo a que el Derecho es un simple reflejo de las relaciones económicas, con lo cual se olvidaron las mediaciones que hay entre los hechos económicos y la elaboración jurídica de estos, y se hizo un flaco favor al logro de un concepto rico y verdaderamente dialéctico del derecho."

En el mencionado debate, el ex Fiscal General de la República, Dr. Ramón de la Cruz Ochoa, haciendo alarde de desfachatez y de la falta de recursos éticos con que cuenta el régimen castrista y la grave crisis de valores que enfrenta el sistema, respondió: ..."me parece encontrar una especie de llamado a engrandecer el papel del Derecho y de los juristas en nuestra sociedad, a otorgarle un papel protagónico. Debo decir que no creo en nada de eso." A lo que Fernández Bulté respondió con la brillantez que le caracteriza: ...[e]l derecho no puede ser utilitario, porque no todo lo útil es ético ...[t]también puede ser un instrumento de autoritarismo, porque Derecho también eran las disposiciones de los zares de Rusia." A lo que Ramón de la Cruz replicó con su carácter de inquisitivo: "[a] mi, tu planteamiento me suena mucho a neojusnaturalismo." "Si nos colocamos más allá de la dicotomía entre Derecho positivo y el natural -concluyó Fernández Bulté - podremos apreciar lo positivo del jusnaturalismo: la inconformidad y la rebelión con lo que está normado y la aspiración deontológica a algo superior. Desde esa posición acepto y suscribo ese jusnaturalismo."

En la posmodernidad, el derecho es valorado y reconocido en lo que es: una ciencia social autónoma capaz de ejercer su imperio al servicio de la pluralidad política y social de la nación, en virtud de un poder judicial verdaderamente independiente, procurador de sus propios funcionarios, al margen de ideologías o intereses políticos coyunturales.

La nueva era hace innecesario a los iluminados, los mitos, las ideas preconcebidas; el mundo entero está ahí, en nuestras computadoras. No es necesario un tendencioso partido que nos oriente, sino un estatus que nos garantice la libertad individual de elegir, confiando en la capacidad genial de discernir la mejor opción que tiene el hombre informado, el hombre posmoderno. Las garantías ciudadanas, los derechos del individuo, la libertad del hombre es más importante que la soberanía de los estados, porque en fin, el hombre no es medio para fin alguno, el fin es el hombre.

El viejo y ahora estrecho concepto de república, ya no es una esperanza humanista. Son necesarios nuevos mecanismo integracionistas en una magnitud dialécticamente superior a los hasta el presente conocidos; esencia que los partidos políticos tradicionales no han podido, ni podrán expresar jamás sí no despojan sus discursos de ideologías e incorporan la pluralidad humana y social, lo que los llevará a una constante política de diálogos y concertaciones, en virtud de las ciencias, las artes y el sentido común, ajena a la tradicional voluntad de ganar las elecciones y "toma del poder"

LOS ESTADOS Y LOS GOBIERNOS EN LA POSMODERNIDAD

En Nuestra América históricamente los pueblos no han podido ver a los estados y gobiernos como un conjunto de instituciones a su servicios, sino como instrumentos de poder, sometimiento, estructuras de corrupción, en fin, como sus enemigos. Y es lógico que así sea. Nuestros pueblos no llegaron a darse las instituciones que necesitaban para una mejor vida, sino que fuerzas foráneas, obedeciendo a sus intereses implantaron estados y gobiernos ajenos a los intereses de los autóctonos. En consecuencia cuando hablamos de ejercer las funciones de estado, decimos "ejercicio del poder". No lo vemos como un servicio público. Los pueblos miran entonces a sus políticos con desconfianza y estos ven en los gobiernos la posibilidad de someter al adversario, de lucrarse, porque ellos mismos, no tienen plena conciencia de la función social de los estados y los gobiernos. Estas circunstancias, entre otras, han hecho ineficaz la concepción tripartita de poderes. Por tanto necesario un cambio de mentalidad de los pueblos con relación a cuál es la función de los estados y gobiernos, así como un cambio de mentalidad en nuestros políticos.

Este es un principio de la modernidad que nunca apreciamos y que en nuestras era cobra mayor significado. En un mundo sin fronteras nacionales, sin distancias, rompiendo las defensas de los viejos y nuevos marginados, será necesario crear las instituciones que, interiorizadas por los individuos les faciliten lo más posible el acceso a su autonomía individual, y la posibilidad de participación efectiva en cualquier poder explícito que exista en la sociedad.
Hacer al hombre principio y fin, libre, aún cuando sus gobiernos no lo sean, de lo contrario no estaremos a la altura de la historia, y frustrados unos y desesperados otros continuaremos en este mundo de violación de los derechos humanos, de afrenta a la dignidad humana, del irrespeto de la dignidad del trabajo ante el capital, de explotación, marginalidad, de drogas, con el horrendo método del terrorismo. Pues "donde falta el trabajo nace el crimen", afirmaba José Martí.

En la era posmoderna los gobiernos deben proteger ciertos derechos inalienables que brotan de la misma naturaleza del hombre. Derechos que no se destruyen cuando se crea la sociedad civil, y ni la sociedad ni el gobierno pueden anular ni alinear - so crimen contra la naturaleza humana - pues cada individuo los posee por el hecho de existir. A los mismo deberá ir sumando - el hombre es un ser social - el derecho al trabajo, la salud, la cultura, la vivienda, una vida decorosa, derechos que, a diferencia de los derechos básicos, necesitan de la intervención de los gobiernos. Es el tiempo en que los gobiernos no le conceden a los hombres sus derechos básicos, esos son inherentes a la naturaleza humana, sino que las constituciones de los estados PROHÍBAN a los gobiernos interferir en el disfrute de los ciudadanos de tales libertades.
"La miseria no es una desgracia personal, es un delito público" decía José Martí y continuaba: ..."remediar la miseria innecesaria es un deber del Estado"...
El papel de los gobiernos, como representantes del bien común, de la sociedad, será más importante que nunca antes en la elaboración de políticas públicas, de programas sociales que garanticen una vida digna para todos, requisito imprescindible para la necesaria estabilidad política que garantice las inversiones foráneas.

UN ESTADO CON CINCO PODERES INDEPENDIENTES.

Para Cuba, como en toda latinoamérica el concepto occidental de la Tripartición de Poderes ha resultado insuficiente. La corrupción de los funcionarios y utilizar el estado como instrumento de sometimiento ha sido la verdad histórica. En consecuencia el país necesita un sistema de pesos y contrapesos institucionales, donde cada cuerpo sea elegido por la voluntad soberana de los ciudadanos, a fin de que garantice la pulcritud en el manejo de la cosa pública y garantice los derechos de los ciudadanos.
1) PODER JUDICAL.

El Poder Judicial. Su función debe ser impartir justicia, interpretar las leyes y velar por la constitucionalidad de las mismas, así como la de los demás actos de cualquiera de los poderes del estado. Deberá tener profesionales de carreras y otros elegido por los ciudadanos, a fin de que exista un balance entre funcionarios que deben responderle al pueblo directamente y aquellos que deben ejercer su magisterio sin tener que estar atento a las coyunturas económicas, políticas y sociales.

2) PODER LEGISLATIVO

El poder legislativo deberá ser elegido democráticamente por la voluntad ciudadana y sus funciones serán legislar e investigar a los fines legislativos.

3) PODER EJECUTIVO

El Poder Ejecutivo, será el encargado de desarrollar la obra de gobierno, dentro de los marcos institucionales y legales vigentes.

4) PODER FISCAL

El poder Fiscal deberá ser un garante de la legalidad. Velar por la pulcritud de la administración pública y los derechos de los ciudadanos. Deberá auditar, controlar, fiscalizar y encausar a personas naturales y jurídicas.

5) PODER ELECTORAL.

El Poder Electoral será el encargado de certificar a cada funcionario en el puesto que ha ganado por oposición, en virtud de un mejor derecho, o para el que ha sido elegido en virtud de la voluntad ciudadana. Debe ser una garantía en contra del nepotismo, las influencia y la incapacidad.

EL SOBERANO ES EL HOMBRE

El hombre no es medio para fin alguno aunque éste sea el bien intencionado propósito de construir un paraíso en la tierra; el fin es el hombre. Desde las sagradas escrituras sabemos que Dios nos hizo a su imagen y semejanza, que el sábado es para el hombre, no el hombre para el sábado.

En un principio, cuando el hombre no se explicaba los fenómenos, el soberano era la voluntad divina. El surgimiento del Estado y la invención del Derecho, en fin, el poder constituido de los hombres sobre la tierra, hicieron nacer el concepto clásico de Soberanía de Bodino: "[e]l poder supremo sobre los ciudadanos y los súbditos no sometido a las leyes". Surgió como un elemento defensivo de los estados contra el poder de la Iglesia y los señores feudales, después para extender el poder de los estados hasta llevarlo a planos absolutos.
El principio de soberanía tiene dos vertientes: una interior, que se proyecta sobre los elementos que habitan dentro de las fronteras donde se ejerce, justificando y exigiendo obediencia al poder del estado en virtud de su titularidad; y otra exterior, como expresión de legitimidad, pues en realidad no exige que todo el poder se edifique sobre el consentimiento de los ciudadanos sino que se presente como representante de la sociedad.

El principio de Soberanía Nacional ha servido de fundamento para que el pueblo se limite a elegir cada cierto, y muchas veces inciertos, números de años, a quienes han de formar la voluntad nacional con plena libertad, mientras el principio de de Soberanía Popular, legitima el poder estatal sobre el axioma de su titularidad por el pueblo, asentado en el consentimiento de los ciudadanos, quienes podrán determinar la acción de los elegidos. El principio de Soberanía Popular ha quedado vinculado históricamente al sufragio, al imperio de la ley, a un entendimiento de la democracia en que la participación del ciudadano no puede quedar reducida a elegir a sus gobernantes cada cierto número de años, sino a condicionar las decisiones de éstos.

Sin embargo, el "poder constituido" del pueblo o el más falsamente llamado "poder del pueblo" se confunde maliciosamente por los gobernantes, con el principio de Soberanía Nacional - gracias a la madre de los estados modernos, la revolución francesa, que consagró en La Constitución de su V República que "[l]a soberanía nacional pertenece al pueblo francés, que la ejerce por medio de representantes, por la vía del referéndum". En fin, estos "elegidos" se han constituidos en los soberanos representantes del pueblo en vez de ser los representantes del pueblo soberano.

En consecuencia la voluntad del pueblo ya no es la suma de la voluntad de cada uno de los ciudadanos, sino la de sus representante elegidos desde y por años -, limitando el derecho de cada ciudadano a participar creadora y responsablemente en la solución de las siempre novedosas y crecientes encrucijada que nos depara el devenir.

Un retroceso histórico del derecho del hombre a la soberanía lo constituyó la presunta Revolución Socialista de Octubre, la que por inspiración de Lenin, impuso la facultad de un ente incorpóreo, una ficción jurídica, el Partido Comunista, de dirigir y orientar a la sociedad toda hacia la conquista de la sociedad ideal; el comunismo. Tal aberración jurídica está consagrada hoy en Cuba, en el artículo 5 de La Constitución Socialista.

En consecuencia, la conciencia jurídica de nuestro tiempo, los sistemas jurídicos de los diferentes estados y el orden internacional vigente resultan inconsecuentes con una nueva era que dota a cada hombre de la información necesaria, para que actúe sabia y responsablemente en la solución de los problemas de un mundo contingente y fortuito.

El aparato del estado, los partidos políticos, las doctrinas tienen los instrumentos jurídicos que les permite sustituir al hombre. Más [e]l primer trabajo del hombre es reconquistarse." No se trata del acto extraordinario de imponerse a los otros hombres, de ser el encargado de iluminar a los demás. Se trata del derecho y el deber natural de cada ser humano de defender su individualidad, su espiritualidad. "Ni originalidad literaria cabe, ni la libertad política subsiste mientras no se asegure la libertad espiritual." Porque la primera libertad, base de todas, es la mente. Y realizarse, además, en armonía con la sociedad - esa que no es la colectividad abstracta, sino la suma de los individuos-, porque el hombre es un ser social. Hace casi cuatrocientos años, Cervantes en unos veros del nivel de su prosa expresó: y he de llevar mi libertad en peso sobre los propios hombros de mi gusto "!La libertad en peso!" - lo que hace suponer que causa alguna pesadumbre- es algo que brota de uno mismo, complace y a la vez cuesta trabajo y exige responsabilidad. En el fondo se trata de la verdad como autenticidad. No la del decir ni la del pensar, sino la verdad de la vida, esa coincidencia de consigo mismo y la naturaleza. Cuando el hombre no sostiene su libertad se miente a sí mismo.

Confundir las voces con los ecos, sostener silencios en apariencias de decoro es contribuir a la desorientación de los que quizás no tengan recursos para descubrirse a sí mismos. Claro es necesaria una dosis de clarividencia, de sinceridad con uno mismo, de decencia, una capacidad de distinguir, de discernir que no es universal. La salvación está en nosotros mismos, recordar el verso de Cervantes; "tú mismo te has forjado tu ventura".

El héroe y mártir por la independencia de Cuba y la liberación de los cubanos, Ignacio Agramonte, ante sus profesores en la Escuela de Derecho de la Universidad de la Habana, ya en 1862, dijo: ..."[e]l individuo mismo es el guardián y soberano de sus intereses, de su salud física y moral; la sociedad no debe mezclarse en la conducta humana, mientras no dañe a los demás miembros de ella. Funestas son las consecuencias de la intervención de la sociedad en la vida individual; y más funestas aún cuando esa intervención es dirigida a uniformarla, destruyendo así la individualidad, que es uno de los elementos del bienestar presente y futuro de ella ... Que la sociedad garantice su propiedad y seguridad personal son también derechos del individuo, creados por el mero hecho de vivir en sociedad"...

"La centralización hace desaparecer ese individualismo, cuya conservación hemos sostenido como necesaria a la sociedad... se comienza por declarar impotente al individuo y se concluye por justificar la intervención de la sociedad en su acción, destruyendo la libertad, sujetando a reglamentos sus deseos, sus pensamientos, sus más íntimas afecciones, sus necesidades, sus acciones todas. El Estado que llegue a realizar esa alianza (del orden con la libertad) será modelo de las sociedades y dará por resultado la felicidad suya, y en particular de cada uno de sus miembros; la luz de la civilización brillará en él en todo su esplendor."

"Por el contrario, el gobierno que con una centralización absoluta destruya ese franco desarrollo de la acción individual, y detenga la sociedad en su desenvolvimiento progresivo, no se funda en la justicia y en la razón, sino tan sólo en la fuerza; ya el Estado que tal fundamento tenga, podrá en un momento de energía anunciarse al mundo como estable e imperecedero, pero tarde o temprano, cuando los hombres, conociendo sus derechos violados, se propongan a reivindicarlos, oirá el estruendo del cañón anunciarle que cesó su letal dominación"

La interioridad del hombre, su espiritualidad, su conciencia es sagrada. Violársela sería mutilarlo en plena vida. Al hombre no se le puede conducir por cánones, doctrinas, ideologías hacia un fin predeterminado, aunque éste sea el bien intencionado camino de la sociedad ideal, porque sería convertirlo en un instrumento. En la posmodernidad el hombre necesita la plenitud de su individualidad, el afincamiento de su capacidad de discernimiento, ante la avalancha de información y tendenciosidad, que con inmediatez nos lanzan los medios de comunicación. No es el tiempo de un modo de ser o aparentar, que una moda, expresión de cierta clase o distingo, ejerza su imperio. Es la era en que cada individuo refleje su propia individualidad. En la posmodernidad no impera una idea, una moda, sino que circula la información, reina la individualidad a fin de su plenitud y a partir de ella la donación, las concertaciones, la socialización, la trascendencia.

UN DISCURSO TRASCENDENTE

La Nación Cubana -esa que siempre ha vivido en los dos aleros del Estrecho de la Florida- se encuentra dividida hoy como nunca antes, más que por el accidente geográfico, por fronteras estatales, sistemas jurídicos, economías, ideologías, intereses, y rencores que tienen sus causas en tiempos históricamente pasados.

El Santo Padre, en su mensaje a la Jornada Mundial de la Paz, celebrada el 1 de enero de 1997, expresaba ..."No se puede permanecer prisionero del pasado: es necesaria, para cada uno y para los pueblos una especie de "purificación de la memoria", a fin de que los males del pasado no vuelvan a producirse más".
No se trata de olvidar el pasado -todo lo contrario- sino de releerlo a la luz de las nuevas circunstancias, juzgarlo con los valores de la nueva era, con sentimientos nuevos, aprendiendo precisamente de las experiencias sufridas. Sólo el amor construye; el odio es destrucción y ruina.

El Padre José Conrado Rodríguez, ex párroco de Palma Soriano, en entrevista concedida al periodista José Alfonso Almora, del Canal 23 de Miami y publicada en la revista Ideal No. 276, expresaba: " Nosotros somos un pueblo herido por las divisiones y la violencia, por la desconfianza, por la sospecha. Nos hemos refugiado tantas veces detrás de la máscara del temor, porque el temor nos ha hecho fabricar muchas máscaras... Necesitamos alguien que nos convoque en nombre del amor. Nosotros vivimos prisioneros del pasado, prisioneros de nuestros odios y nuestros miedos, desconfiando unos de los otros, los de la isla de los de afuera, los de afuera de los de adentro de la isla... Necesitamos a alguien que nos mire a los ojos y nos diga: levántate y echa a andar. Y no en nombre de una ideología sino en nombre de Aquel que pasó por el mundo haciendo el bien y curando a los oprimidos"

Es imprescindible generar confianza, discutir contenidos, inventar el futuro, articular estrategias, promover fuentes de acción, aprovechar los momentos de verdad (las verdades no son eternas), reconocer con sinceridad, mantener la atención, crear conciencia (en virtud de conocimientos), obtener pequeños resultados para lograr grandes cosas y cerrar con el pasado.

El instrumento para llevar a cabo una agenda de cambios coherentes es la eficacia del discurso. Una realidad nueva exige novedad en el lenguaje. La clave para crear una nueva realidad descansa en comunicar compromisos y hacerlos realidad palpable. A pesar de que hace más de cien años José Martí, a quien ya los soldados en armas llamaban "Presidente", sólo se consideró un "Delegado" de los que dentro de la isla entregaban su vida a la causa de la libertad, y a tales fines se encargó de recabar, centavo a centavo, recursos para sostener la "guerra necesaria".

El caudillismo - cáncer de nuestra historia- nos hace ver a nuestra propia tendencia como la única salvadora, convirtiéndonos en adversarios de nuestros compañeros. No marcha sin tropiezos quien en vez de mirar al frente pone los ojos por sobre los hombros. No tiene futuro el proyecto político que pretenda evitar algo, en vez de vislumbrar el porvenir. "Es necesario todavía hacer una revolución, que no haga Presidente a su caudillo. Una revolución contra las revoluciones. El levantamiento de todos los hombres pacíficos -soldados solamente una vez- para que ellos, ni nadie, vuelvan a serlo jamás", avizoró el apóstol José Martí.

 


 


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