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La América amoral
08-01-2009, Carlos Alberto Montaner

Cubamatinal/ Treinta y tres países de América Latina y el Caribe se reunieron en Sauípe, Brasil, para discutir y estimular la integración latinoamericana. Los convocaba Lula da Silva, con su enorme prestigio nacional e internacional. Deliberadamente, excluyeron a Estados Unidos y Canadá, lo que dejaba a Brasil como la gran potencia regional. Ese es el regalo de despedida que Lula quiere hacerle a su pueblo: el liderazgo del subcontinente.

En principio, parece una meta positiva y no hay nada censurable en vetar la presencia de las potencias anglosajonas, pero es ingenuo esperar grandes logros de ese esfuerzo diplomático. No es verdad que la economía de escala soluciona los problemas de la pobreza. China y la India tenían los dos mayores mercados potenciales del planeta y hasta hace muy poco eran dos de las naciones más miserables del mundo. ¿Cuándo comenzó a cambiar ese triste panorama? Cuando fueron capaces de crear empresas eficientes y competitivas que producían bienes o servicios con gran valor agregado. La clave no está en las dimensiones del mercado sino en la calidad de la oferta.

Tampoco es verdad, como supone el presidente ecuatoriano Rafael Correa, que eso se hubiera podido lograr mejor con una común divisa latinoamericana, con bancos regionales de desarrollo que gestionen el ahorro colectivo y con organismos supranacionales como el ALBA que coordinen el comercio internacional. Eso fue el rublo cuando existía la URSS, eso fue el CAME que conciliaba los intercambios comerciales en el llamado ''bloque del Este'', en lugar de estimular la competencia, y ya sabemos el cuadro de atraso y pobreza que caracterizaba al ''fraterno bloque socialista''. Correa, que se formó como economista, tal vez posee una vaga idea sobre cómo se distribuye la riqueza, pero ignora totalmente cómo se crea.

El dólar, el euro, el yen, la libra esterlina, el franco suizo, son divisas internacionales porque, aún en épocas de crisis, como sucede hoy, los Estados que las emiten son estables, se respetan los derechos de propiedad, y cuentan como respaldo tangible con un poderoso aparato productivo moderno e innovador.

¿Por qué tener confianza en la moneda de naciones que repudian arbitrariamente la deuda externa e incumplen sus compromisos cada vez que les viene en gana? Chile, por ejemplo, Costa Rica o Uruguay, que son países razonablemente gestionados, cometerían la peor locura si entregaran su destino económico a una burocracia regional administrada por representantes de gobiernos terriblemente corruptos, como son casi todos los de América Latina, de acuerdo con los espeluznantes informes de Transparencia Internacional. ¿Se imagina el lector lo que sería un banco continental emisor de moneda bajo la dirección, por ejemplo, de Néstor Kirchner?

Pero, al margen de los delirios integracionistas, hay algo mucho más grave en la Cumbre de Sauípe: la absoluta ausencia de requisitos éticos. Ahí estaba, dando gritos, el señor Daniel Ortega, culpable de tantas cosas feas en su lamentable pasado, que acaba de robarse descaradamente unas elecciones en Nicaragua. Ahí estaba, como una de las estrellas, el pintoresco Hugo Chávez, que intenta fraudulentamente perpetuarse en el poder mientras encabeza la peor cleptocracia que ha padecido ese pobre país. Y ahí estaba, como gran invitado, el general Raúl Castro, hoy presidente de la más larga y empobrecedora dictadura de la historia latinoamericana. Nadie, por supuesto, les hizo la menor crítica: los aplaudieron como si se tratara de honorables representantes de sus pueblos. Era la vieja tradición latinoamericana de complacencia con el delito e indiferencia ante el dolor de las víctimas: todos festejaban o callaban.

En la Cumbre se invocó el ejemplo de la Unión Europea: ¿qué tiene que ver esa América amoral que no defiende la libertad ni la decencia, con una unión de países que, para pertenecer a ella, pone como requisito el comportamiento democrático, el respeto por los derechos humanos, la subordinación de todos al imperio de la ley y la sensatez y la honradez en las labores de gobierno? Mientras las élites políticas latinoamericanas no entiendan que el objeto fundamental de los gobiernos democráticos debe ser luchar por mantener las libertades y garantizar la dignidad de las personas, no sólo van a fracasar en el terreno administrativo, sino que, además, van a continuar provocando en los ciudadanos el desprecio más rotundo y las actitudes más cínicas. Por eso estamos como estamos.

• Cortesía Fundación Atlas 1853


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