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¿Testamento o sucesión?
14-08-2006, Miguel Iturria Savón

Fue el lunes 31 de julio a las nueve y treinta de la noche. Despedía a una amiga en el portal de la casa. Llegó mi hijo, y sin apenas saludar me dijo: “Papi, enciende el televisor. ¡Fidel está grave y ya reparten sus cargos!”
Entramos. Los canales de televisión en cadena. Un locutor bigotudo, de voz engolada y cara de tragedia leía un comunicado oficial firmado por el Comandante en Jefe.
Entre flores retóricas y elogios desmedidos el locutor avanzaba en la lectura. El texto del caudillo parecía un guión de circunstancias. Mencionaba al sucesor y a los altos funcionarios que asumirían provisionalmente sus numerosas funciones estatales, políticas y militares. La delegación de tantos cargos me hizo pensar en un monarca francés. Me imaginé al déspota envejecido como a una momia legendaria que se atreve a dar órdenes para atravesar el tiempo y quedar en la memoria de sus vasallos.
Me dijeron después que fue Carlos Valenciaga, el joven secretario del tirano, el que dio la primicia y asumió el protagonismo. Lució mal, según dicen, más gris que de costumbre. Alguien comentó que mandaron a quitarlo. De ser cierto, esto daría la medida de la incertidumbre y de las luchas encubiertas en la estructura del poder; lucha que avala el interés de los conservadores por perpetuar el sistema y reproducir el castrismo sin el líder, o con un líder alternativo: el hermano.
No hay más: expectativas y silencios. Y una campaña mediática de exaltación del Gurú. Mucho ruido. El ruido como una columna de humo para ocultar la verdad y asegurar la sucesión. No sabemos si realmente lo han operado, si está grave, si murió o si se recupera, como afirman los medios de comunicación. Por lo pronto, hay que esperar a que los virus hagan lo que no hemos hecho los cubanos maniatados durante medio siglo. Tal vez sea el inicio del fin.
Tal columna de humo de la prensa oficialista convierte la tragedia en comedia. La misma guaracha desde las alturas. Parece que pretenden borrar el horizonte de la esperanza. Seguir el discurso atemporal en medio de la sospecha, el recelo, la suspicacia, la represión y el silencio de las voces encubiertas en este final de repliegue sobre sí mismo.
A varios días de la patética información y de la burda manipulación, continúa la tensión en las estructuras del poder. El inmenso desafío de los sucesores colinda con el choteo popular de los ciudadanos, obligados a repetir los rituales de siempre. No he visto a nadie llorando. La beligerancia panfletaria contra el enemigo es la misma. La intolerancia verbal y los actos simbólicos no han cambiado. Nadie ha hablado de cambios, derechos humanos ni de libertades.
Como otras veces, el público ha entrado en el guión para repetir bocadillos y frases hechas. Las caretas de los grandes actores del poder sigue siendo un antídoto contra la incertidumbre. Al arte de la suplantación interna se suman los comediantes de otras latitudes, que desean la recuperación del gobernante insular y envían mensajes de unidad y resistencia. El teque de otras veces. La reverencia de los paganos ante las puertas del circo que repite las payasadas de sus mimos sin inmutarse.
Aunque no tenemos una bola de cristal, es fácil suponer que en el retablo de funcionarios que ahora asumen las funciones del déspota se pueden enredar los hilos. El titiritero supo atarlos y entretejerlos. Ahora no son más que una telaraña entre las ramas de un viejo árbol caído.
La muerte inminente del caudillo colinda con la necesidad de cambios. Nuestra fatigada esperanza puede desbordar las aguas mansas del inmovilismo. Pero hay que esperar. Esperar y difundir las voces del cambio. Es el tiempo quien derrotará al castrismo. Nuestro MacBeth caribeño ha tocado fondo. Su derrota no depende de la recuperación de una enfermedad. Sus oráculos no pueden con el futuro, no les pertenece.

 


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